sábado, 11 de abril de 2020

El lugar del nombre


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 «Sería hermoso» pensó al borde de la inconsciencia.

  Aquel paleovalle por donde alguna vez fluyó un río aún no tenía nombre. Iba a morir allí y sería un bonito detalle que le dieran el suyo: Luxia Caro.

  ¡Cuanto honor! No denominaban un paraje del planeta rojo con el nombre de cualquiera.

  Se lo podría haber ahorrado pero, como dicen en Tierra, la curiosidad mató al gato. A la gata, en su caso.

  Iba a morir allí, sola y dolorida. 

  Aquel paisaje le recordaba al de su niñez. Quizás aquel extinto río fue rojo, como el de su infancia donde aquellos guiris estudiaban la microfauna. Estudiar bacterias para viajar a Marte. La idea la cautivó y decidió su profesión; bióloga y astronauta.

  Por eso se alejó tanto; quería asomarse al cañón del cauce.
Y eso fue todo. Aun con la atenuada gravedad marciana la caída le hizo daño. Tanto que iba a morir allí.

  Enmarcadas por su casco, empañado y salpicado de rojo, acabó por perder la conciencia fundiendo las vistas del seco cauce marciano y el Río Tinto de sus recuerdos. Marga caminaba hacia ella, desnuda.


* * * * *

  Despertó cuando el río ya solo era un recuerdo rojo que había bajado por su garganta en algún momento y las vistas se abrían al interior del módulo de retorno.

  —¡Bienvenida de vuelta! —No esperaba oír, ver, o incluso oler al doctor que flotaba ante ella—. Y digo de vuelta a la vida y, aunque queden seis meses, a la Tierra.

  —¿Qué..? —la sorpresa flotaba en el ambiente al contrario que ella, amarrada al saco.

  —Desapareciste de repente y tardamos dos horas en encontrarte, no dabas señal. Caíste por un barranco y te rompiste varios huesos —dijo señalando a la escafandra ensangrentada, sujeta al sucio y deteriorado traje—. Hemos tenido que acortar la misión. Volvemos a casa.

  Los analgésicos no habían borrado aquel recuerdo.

  —Marga, venía.

  —Sí, venía y viene. Los instructores os pusieron un buen mote pero, esta vez, “las palomas” os cruzaréis en vuelo. La misión de Marga llegará a Marte en dieciocho días.

  Luxia recordó. Contaba los días y hasta las horas hasta la llegada de la otra misión. Veinte días quedaban antes del accidente.

  —¿Llevo dos días..?

  El médico asintió.

  —Estabas inconsciente. Te he mantenido así mientras preparábamos el despegue y hasta ahora que las maniobras orbitales acabaron.

  —Íbamos a pasar veinte días juntas.

  —Lo siento, ya no conviviréis en Marte. Tendrás que esperar seis meses —Guiñó un ojo—. Créeme; necesitas soldar fuerte los huesos para aguantar el abrazo que os daréis entonces.

  Sonrió pensando en abrazarla tan fuerte.

  —¿Podremos hablar?

  —Negativo, cuestión de trayectorias. En unos días podremos enlazar a través del control.

  Marte se quedaría sin el Cañón Luxia Caro. Y deseó con todas sus fuerzas que tampoco figurara el nombre de Marga en nada, ni en Marte ni en Tierra. Salvo en el buzón de casa.


* * * FIN * * *




Este microrrelato participa en el #OrigiReto2020 ideado por Stiby2 y Katty. En sus blogs tenéis más información sobre el reto anual.
En este caso, se trata del evento de abril, donde debía escribir un microrrelato de entre 100 y 500 palabras (tiene 479 según el contador de palabras habitual) y que cumpliera tres características propuestas por otre participante. Todes proporcionamos tres condiciones, se sortearon y a mi me tocó cumplir con las propuestas de Marga, que eran:

1.- Que la protagonista fuera una mujer y/o una persona LGTBQ+.
2.- Que aparezca la naturaleza, por ejemplo, que se ambiente en un bosque/playa o que alguien mire un árbol en algún momento random, da igual.
3.- Que aparezca el color rojo.

1)Luxia Caro es la protagonista. Tiene una relación con otra astronauta, a la que he puesto el nombre de Marga, como homenaje.

2)La naturaleza está muy presente; la aridez marciana es naturaleza, alienígena, pero naturaleza. Luxia se crió en la zona de Río Tinto, Huelva (guiño para Marga, por cierto) que es Paisaje Protegido por la Junta de Andalucía y estudiado por la NASA para ver si hay organismos que podrían vivir en Marte (spoiler: los hay), cosa que inspira a Luxia para hacerse astronauta y bióloga.

3)El color rojo aparece tanto por Marte, el planeta rojo, por el paisaje marciano, por Río Tinto y sus aguas ricas en minerales piríticos, y por la sangre de las heridas causadas por el accidente. Tiene otro guiño a un poema de Marga; Las niñas guapas. Leedlo y comprenderéis que hay cierta relación.

Aparte, Katty, que es quien se inventa las normas, había determinado que además debía cumplir una de nuestras propias condiciones. Haciendo una combinación de las 3 propuestas más una propia, o dos de las propuestas y dos propias.

Las mías, las que yo propuse y que les tocaron a Cherry(¡suerte! Deseando leerte), fueron:

1.- Un río por escenario.
2.- Deben aparecer palomas.
3.- Una desaparición tendrá relevancia en la historia.

Bueno, pues de alguna manera, he metido las 3.

1)Luxia se cae por un barranco del lecho seco de un antiguo río marciano (hoy sabemos que hubo y que hay agua en Marte, y hay señales paleogeológicas de ríos, lagos, mares…). El escenario inicial. Río Tinto forma parte del mismo a partir de sus recuerdos. De hecho, su nombre, Luxia Caro, sale del propio Río Tinto (echadle un ojo a la wikipedia, anda).

2)Durante el periodo de formación como astronautas, les instructores bautizan a la pareja: “Las palomas”, por aquello de que van a volar ambas. En algunas misiones juntas en otras no. Luxia y Marga, probablemente, se conocieron y enamoraron durante aquellos tiempos.

3)Cuando Luxia cae, desaparece de repente tanto de la vista de los otros astronautas (sí, en esa misión hay más, no solo Luxia y el médico) como de los sistemas de posicionamiento. Al caer se daña el exterior del traje, incluida la mochila donde va la radio.

Y eso e…, eso e…, eso es todo , amigues.

jueves, 2 de abril de 2020

Paseo al fin de la noche

Aquí va el primer relato de los pertenecientes a mi desafío, reto u objetivo personal en esta edición del OrigiReto2020. Este consiste en enlazar un relato sin limitación de caracteres ni palabras al relato de alguien que haya recomendado alguno mio. Y esta vez va enlazado y se inspira en el relato de enero de @GemaSeelie.

La mayor dificultad que he tenido ha sido la de documentarme sobre la época para poder cuadrar la idea primera que tuve (es lo primero que pensé, la palabra con la que finaliza este relato) y que a priori, no sabía si podría unir los cabos de alguna manera. Al final, gracias a la labor de documentación, pude tirar de varios hilos para hacer los nudos y he tenido que echar el freno para dejarlo en 3622 Palabras.

Sin más preambulos y sin pretensiones, os dejo con el relato.


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *


«Evitemos decir que la muerte es lo opuesto a la vida; la criatura viviente es simplemente una especie de criatura muerta, y de un tipo muy raro.»
Friedrich Nietzsche




  La velada estaba siendo deliciosa y agotadora. Ambas sensaciones provenían de la mezcla indisoluble de un baile tras otro en compañía de lord Eldric. Pero el cuerpo humano necesita reposar de vez en cuando, sobre todo cuando no está acostumbrado a cierto nivel de actividad física y social. Y ciertamente el baile, y mucho menos con la cadencia vertiginosa de algunos valses, no había formado parte en las rutinas habituales de Meredith. Aunque se le daba bien. Podría decirse que había nacido con el ritmo en el cuerpo, aunque también había nacido en el estrato social de la servidumbre. Su experiencia en baile, paradójicamente, se había limitado a enseñar a moverse a su señorita, lady Sarah.

  Lord Eldric accedió a que se tomaran un descanso y, como el buen caballero que era y que estaba demostrando ser desde que había tomado la mano de la supuesta Marcella para solicitarle el ya lejano primer baile, la acompañó a una salita contigua al invernadero donde las damas de mayor edad y rango habían establecido una atalaya para observar y chismorrear. Como Meredith no las tenia todas consigo de que el plan de lady Sarah se viniera abajo en cualquier momento por un imprudente comentario o una vieja inquisidora, de las que les miraron de arriba a abajo, alguna elevando sus lentes con ansia de novedades, ambos convinieron entre susurros y caras de circunstancia que sería mejor buscar otro lugar más tranquilo. Saludaron gravemente, gesto que fue correspondido por todas aquellas espectadoras, y continuaron caminando por la galería contigua en dirección al hall principal. lord Eldric recordaba que, hacia el otro lado, los criados iban colocando los abrigos y ropajes en un cuarto que lady Riesman había dispuesto como ropero, y creía que junto a este, una pequeña terraza acristalada sobre la balaustrada lateral de la escalera de entrada sería lo suficientemente expuesto para evitar murmuraciones, pero pequeño para que no hubiera lugar a darse otra congregación de estiradas fisgonas.

  La suposición de lord Elrdric era correcta. Una pequeña salita que no llamaba la atención y en la que, en ese momento, no había presencia alguna. Una mesa con dos sillones de mimbre y unos portamacetas de distintas alturas acogían azaleas o rododendros. Otra moda importada, como el vals.

  Lord Eldric apartó una silla invitando a tomar asiento a Meredith.

  —Querida, aquí creo que podremos reposar un tanto. Quizás le apetezca tomar algún refrigerio. A mi sí, desde luego. Espero que se acerque alguno de esos camareros por aquí.

  —Gracias —dijo Meredith al sentarse y añadió—, no sé. No tengo costumbre de tomar espirituosos o licores fuertes. Tome asiento, por favor, no me deje sola.

  —Con mucho gusto.

  El murmullo de una breve conversación entre una pareja junto a la puerta de la pequeña estancia precedió a la entrada en ella de un mujer en estado de buena esperanza. Bastante avanzado a juzgar por el volumen y los movimientos entre prudentes y cuidados para avanzar cuidando del propio equilibrio.

  —Buenas noches —saludó la embarazada—, ruego que me permitan apartarme a este rinconcito tan encantador, si no es molestia. Es demasiado ajetreo para mi.

  Antes de que hubiera acabado o tan siquiera, lord Eldric demostró su saber estar de nuevo, levantándose aprisa para ayudar a la futura madre a ocupar su asiento. Meredith pensó que era de natural bueno, pues debido a sus orígenes, no toda aquella exquisita educación podría achacarse a algo aprendido.

  —Aquí, por favor. Usted tiene total derecho y necesidad, eso es así. Permítame —sentenció ofreciendo su brazo como apoyo a la recién llegada y sujetando la copa que esta traía—. Soy lord Eldric y esta es la señorita Marcella, recién llegada de Italia para visitar a una amiga común.

  —Charlotte, Charlotte Blake. Y a bordo —acariciándose el abultado vientre— el que será mi tercer hijo. Bueno, mio y de mi esposo, Abraham. Le he enviado a por un reconstituyente para mi, algo más suave que este Jerez que sin embargo está tan apetecible. —dijo resoplando y acomodando la curvatura de sus lumbares con un cojín—. Bah, hombres. Como encuentre a alguien con quien charlar de política, tardará.

  —Encantada de conocerla, señora Blake. —saludo Meredith.

  —Oh no, querida. Señora Stoker en todo caso. Blake es mi apellido de soltera. Mio y solo mio. Y seguiría usándolo con gusto, pero una ya no es señorita, claro.— Y volvió a hacer notar su estado entre leves palmeteos sobre ella y grandes carcajadas que contagiaron a sus interlocutores cierta alegría, sin llegar a la risotada.

  —Si quiere, yo podría ir a buscar a su marido mientras ustedes descansan —Lord Eldric se ofreció gentilmente—, ya que creo que se pueden hacer buena compañía —El guiño fue muy sutil pero dio a entender a Meredith, quien había abierto un tanto los ojos aunque tratara de disimular su azaramiento al contemplar la posibilidad de que Lord Eldric se alejara después de la maravillosa noche que habían tenido hasta ahora, que podía quedarse tranquila y lo aclaró aun más diciendo—; de todos modos, yo había prometido traerle un refrigerio a la señorita Marcella y, dado que usted está aquí, creo que la dejo en buenas manos. ¿Como reconoceré a su esposo, señora Stoker?

  —Oh. Pues es un caballero de cuarenta y siete primaveras ya, barbado, pelirrojo y elegante, la verdad. Aunque más le valdría usar sus profusas patillas para cubrirse un poco su frente, más despejada ya de lo que desearía yo —dijo con una expresión bastante cómica dibujada en sus labios que apenas tapó con la punta de sus dedos.

  —Muy bien, señora mía. No dude que lo encontraré. Las dejo a su aire mientras localizo al caballero.

  Y se despidió dejándo la copa de jerez en la mesa, con un ademán de saludo un poco exagerado y una sonrisa en su faz.

  —Vaya. Que caballerete tan encantador —sentenció la esposa del buscado.

  —Disculpe que le pregunte —preguntó curiosa Meredith—, pero ¿es usted irlandesa acaso?

  —Sí señorita, nacida en el condado de Sligo. Pero ahora vivimos al otro lado de la isla, en Clontarf, puesto que mi esposo es funcionario en la oficina del secretario principal en el Castillo Dublín.

—Oh, por supuesto. Le pido disculpas por el atrevimiento, pero el acento me pareció conocido.

  —Sí, debe serte tan conocido como el de Venecia, o más, ¿verdad?

  Meredith se sintió descubierta por su torpe pregunta, ruborizándose de inmediato. Una irlandesa reconoce a otra irlandesa.

  —Oh, vamos. No te azores. No me importa para nada si naciste en la santísima Roma o en la católica Galway. Solo necesito un poco de ayuda cristiana para levantarme de este endemoniado sillón. Creo que estaré mejor caminando un poco mientras el maldito Abraham se decide a aparecer.

  —Oh, claro, permítame. —Meredith ayudó a la señora Stoker a levantarse y y esta le tendió el brazo para que enganchara el suyo y así caminaran juntas alrededor de la mesita de la habitación.

  Durante el limitado y circular paseo, la señora Stoker se descubrió como una conversadora nata. Dejó en el aire las circunstancias por las que Marcella no era Marcella, si no una irlandesa de pura cepa como ella misma y no trató de sonsacarla sobre ello.

  Habló del interés de su marido en la política entre los diferentes territorios del Reino Unido, explicando que en el Reino de Irlanda se estaba padeciendo la peor hambruna conocida mientras la Corona hacia poco o nada, y que mucha culpa de ello la tenían buena parte de terratenientes ingleses, que siendo propietarios de vastas tierras se desentendían de su labor y, como mucho, aparecían por allí alguna vez para organizar cacerías, impidiendo que los pequeños agricultores y jornaleros irlandeses pudieran acceder a esos terrenos, ni trabajarlos para el propietario o para ellos mismos, debiéndose conformar con las peores y más pequeñas parcelas, prácticamente improductivas.

  Meredith no entendía mucho de política, ni de los problemas agrarios que soportaba la tierra que la vio nacer, pero le agrado en cierta manera poder aunque fuera meramente escuchar una conversación a esos niveles, tan alejados de lo que se chismorreaba entre el personal de servicio.

  Le sorprendió lo atrevido de algunas opiniones de la señora Stoker, cuando le habló sobre el derecho al voto, cuando le dijo que —...incluso esos defensores del Cartismo que dicen tener el bienestar social como último fin solo piensan en masculino. Y no digo que sus reivindicaciones sean malas, al contrario, considero que para votar no hace falta tener propiedades. Pero las decisiones de los políticos nos afectan a todos los ciudadanos bajo la administración de la Corona y el Parlamento, por tanto, todos los ciudadanos deberían poder decidir sobre nuestros políticos. Y cuando digo todos, incluye a cualquiera mayor de veintiún años, sea hombre, mujer o sacerdote, salvo que padezcan algún impedimento penal o mental, desde luego.

  Algo en lo que nunca se había parado a pensar. La señora Stoker defendía con bastante vehemencia, no ya una ampliación del derecho a voto que incluyera a los no propietarios, si no que incluso abogaba por que las mujeres como ella pudieran decidir y expresarse por medio del voto.

  También le agrado conocer algunas escenas de la vida de aquella familia, sobre todo respecto al cuidado de su prole que iba a ampliarse en breve. Observó como las circunstancias de nacimiento, diferentes de una persona a otra, podían determinar el futuro de cada cual. Reflexionó sobre ello al comparar las pocas oportunidades, por no decir ninguna, de acceder a la cultura que le habían podido ofrecer sus padres. De hecho, mientras ella apenas sabia leer y conocía los rudimentos de las cuatro reglas, la vida sería muy diferente de haber nacido en el seno de una familia como la de los Stoker.

  —Precisamente sigo con gran interés desde hace casi dos años una serie de publicaciones de terror de a penique. Quizás las conozca —Obviamente, no las conocía ya que ni siquiera había más que ojeado alguna vez un ejemplar de The Times que hubiera recogido de la mesita de lectura del padre de lady Sarah—, tienen por nombre Varney el vampiro o el festín de la sangre. Aunque diríase que el tal Rymer, el autor, está agotando su imaginación, pues ya he detectado varios fallos en la trama, que aunque no han afectado en demasía mi interés, sí que me hacen plantearme el dejar de adquirir tales folletines, pero siempre me digo que deben de estar pronto a acabar la serie, y teniendo todos los números desde el inicio, pues me da lástima no completarla.

  »Tenemos gran afición a las obras teatrales— continuó relatando Charlotte, a quien la barriga no le pesaba en la lengua—, pero ni podemos ni debemos acudir tanto como quisiéramos. No cuando la población de nuestra querida irlanda sufre semejante hambruna. A mis retoños, procuro leerles pequeñas obras, cuentos e historias. Ya que padecemos dificultades en el cultivo de la patata, al menos cultivaremos mentes.

  Esa frase le impacto sobremanera. Cultivar mentes en vez de patatas. Ojalá hubieran labrado su mente en buena hora, si bien las lecciones que les estaba dando la señora Stoker empezaban a despertar algunos brotes verdes en el campo hasta ahora casi yermo de su raciocinio.

  »Esperemos que este gobierno en minoría consiga que el parlamento derogue esas malditas leyes del cereal que no son más que las uñas en la garra de arpía de Inglaterra, pues aunque sin duda Dios envió la plaga, son los ingleses quienes provocan la hambruna.

  »Ahora dicen que preparan un gran plan de obra pública con el que prometen dar de comer a medio millón de irlandeses. Habrá que ver eso. Si ponen a tantos desgraciados malnutridos a cavar hoyos y romper caminos para rehacerlos, me pregunto yo: ¿no pretenderán, más que el arreglo de las infraestructuras, el exterminio por agotamiento de esos pobres diablos? Gran Bretaña permite a los propietarios ingleses, y esto cuando simplemente no son absentistas, chupar la sangre misma de la que para ellos es nuestra miserable raza.

  De súbito, un alboroto lejano se fue acercando en forma de murmullos, y algún grito de señora asustada, que fueron saltando de invitado a invitado hasta llegar a la puerta del saloncito, donde el rostro de una vieja dama se asomó haciendo graves aspavientos. Parecía gravemente afectada por algún extraño terror.

  —¡Oh, qué horrible, pero qué horrible! —y expresiones similares que combinaban con la lividez de su cara, eran las que no paraba de repetir la afectada señora—. Creo que me voy a desmayar…

  Meredith, respondió a su impulso servil de modo automático y se lanzó a sostenerla. Su reacción fue la propia de una sirvienta acostumbrada a los excesos «dramáticos» de las ladies. Mientras la señora Stoker, no sin cierta dificultad, empapaba su pañuelo en el Jerez y se acercaba para aplicárselo a la atribulada dama, sin decidirse aún si a la frente o a las fosas nasales, quien se deslizaba de los brazos de Meredith sin que esta consiguiera colocarla en la silla con dignidad.

  Dado que aquella señora no hacia más que repetir sus quejidos, Meredith decidió dejarla en compañía de Charlotte y salió del cuartito para intentar despejar la incognita del tumulto que continuaba en el exterior hacia la entrada, donde empezaba a agolparse la gente. Logró salir y allí, desde los primeros peldaños de la escalera que había subido cuando llegaron a la propiedad, lo vio.

  La imagen era escalofriante.

  Varios caballeros trataban de sujetar a un individuo exaltado, con ojos desorbitados en los que las venillas rojas irrigaban de tal modo el globo ocular que estos parecían a punto de estallar, como un pobre caracol bajo la suela de un calzado invisible que estuviera pisando el caparazón del cráneo al que pertenecían. La baba, mucho más abundante y blanquecina que la de los gasterópodos, se tornaba sonrosada mientras se desprendía en espumarajos desde aquella boca que lanzaba sonoras dentelladas —¡Clak!— a diestro —¡Clak!— y siniestro —¡Clak!—.

  El pelo grisáceo, largo y expandido por alguna fuerza centrífuga desconocida sobre la cabeza como una tela de araña, enmarcaba un rostro a la vez salpicado y embebido en sangre. La cara del mismísimo diablo, se oyó que decía alguien, entre gritos que solicitaban con urgencia la presencia de algún médico al otro lado de la escena. Allí, a los pies de uno de los dilongs que custodiaban la escalera, una mujer yacía en el suelo en medio de un charco de sangre, mientras una criada trataba infructuosamente de levantarla a la vez que un hombre la asía por el cuello. Aquel hombre era quien gritaba clamando al sanitario, y entre sus dedos la sangre brotaba como si estuviera tratando de contener el contenido de una bota de vino tinto que hubiera sido apuñalada.

  Meredith reconoció el vestido de la dama caída y le turbó comprender que era la propia lady Riesman la que se desangraba y su marido quien fracasaba en contener la hemorragia. Apartó la mirada y al hacerlo, se encontró de bruces con la sonrisa petrificada de la estatua del dragón, mostrando una feroz hilera de dientes entre los que destacaban los colmillos, unos colmillos enormes que le parecieron desproporcionados, malévolos y fríos debido a un brillo que no debería tener aquella antigua y erosionada piedra granítica en la que estaban tallados, y desde los que se deslizaba lentamente parte de la sangre derramada por lady Riesman, formándose poco a poco una gota en la punta que titubeaba durante un breve instante antes de caer a los escalones ensangrentados.

  A Meredith, a quien la sangrienta sonrisa del dragón había reavivado la impronta de aquellas primeras palabras que escuchó en la voz de lord Eldric, ya si que apenas le llegaba el flujo de sangre con suficiente presión para mantener la entereza, sintió mareo, fatiga, sudor frio. Dio dos pasos hacía atrás y la vista se le nubló.

* * * * *

  —...dos días. Lo estaban buscando por todo el condado. Incluso creo que ayer se acercó uno de los guardabosques para desaconsejar la celebración. Un baile tan concurrido no era el mejor evento para llevar a cabo con ese loco suelto por ahí.

  Las voces le llegaban con sordina mientras permanecía con los ojos cerrados aún.

  —No, desde luego. Pero ¿quien iba a imaginarlo? Se presupone que el asilo de Renfields guarda a buen recaudo a sus lunáticos incurables, como al parecer es ese tipo…

  Le costó empezar a identificar. Esa parecía la voz de la señora Stoker.

  —Seee…, Seward, sí. El pobre desgraciado se llama Martin Seward.

  Y esa la de lord Eldric.

  —Estaba fuerte. Excesivamente fuerte para lo que aparentaba. Nos costó bastante reducirlo entre cinco, mientras gritaba esas cosas sobre el fluido vital que necesitaba y no sé que más.

  Esa voz no la reconoció. Era otro varón.

  —Afortunadamente, querido, estáis todos bien. Suerte de que aquel criado le diera un buen golpe y que trajera la cuerda.

  Volvió a reconocer a la señora Stoker, por lo que supuso que la otra voz pertenecía a su esposo, a quien no había conocido todavía.

  —Bueno, todos bien menos mi Berny. Porque es de natural bueno y se lanzó sin pensarlo. Pero no está en condiciones para batirse ni con el deán. El pobre se llevó el primer golpe incluso antes de acabar de llegar.

  Meredith se sobresaltó al escuchar por encima de su cabeza a lady Sarah y comprender que hablaba de lord Bernard.

  —Oh, lady Sarah —se lanzó a decir intentando levantarse—, ¿está bien lord Bernard?

  —Oh, tranquila Meredith —La sujetó su señora, llamándola por su verdadero nombre, lo que provocó que la falsa italiana se ruborizara y la mirara con extrañeza y más preocupación de la que hasta ahora sentía por el prometido de ella—. Está bien. Todo está bien, tranquila. Berny solo tiene un buen golpe en el labio y tal vez se le afloje un diente, al pobre. Le están atendiendo. Y no te preocupes por Marcella, estamos entre amigos. Todo bien.

  Meredith se acabó de incorporar con un poco de ayuda de su lady y vio que lord Eldric estaba sentado a los pies del diván donde la habían acomodado durante el desmayo. Tras él, el matrimonio Stoker, él de pie junto a su esposa, con las manos sobre el vientre y medio recostada en uno de los sillones de mimbre donde se habían conocido.

  —Hola, bienvenida al «club» de nuevo, señorita Marcella—dijo sonriente lord Bernard, guiñándole un ojo y cogiéndole gentilmente la mano para posar delicadamente sus labios sobre el dorso—. Estando como estamos, entre buena gente y dado lo sucedido, hemos puesto al corriente a los señores Stoker. No podía ser de otro modo.

  —Encantado, señorita Meredith. Me llamo Abraham. Ya me ha contado Charlotte que es usted una compatriota nuestra. Y me emociona saber que su señora la aprecie hasta el punto de orquestar esta artimaña. Por fortuna, y discúlpenme la expresión, no todos los ingleses son unos chupasangre… Oh, vaya. Lo siento, lo he dicho sin pensar en ese pobre loco. —Se lamentó el señor Stoker, que incluso en aquellos momentos tenía en su pensamiento al conflicto entre propietarios ingleses y campesinos irlandeses, sin caer en la cuenta de las circunstancias de esa noche.  —Lamentablemente, el baile no ha acabado como debería. Pero sin duda, al menos ha propiciado una bonita… amistad —pronunció la palabra silabeándola de determinada manera, como si quisiera dar a entender algo más—, sí, con el joven Eldric. Seguro que eso compensará en buena parte la desgraciada celebración.

  Meredith sonrió. Sonrió al señor Stoker, sonrió en general a todos los congregados en aquel cuarto y a lady Sarah, y sonrió particularmente a lord Eldric, correspondiéndole con la suya al reconfortante estrechamiento de su mano, que ya no la soltaba.

  —Bueno, ¿gracias? La verdad es que no sé que decir. No sé, en realidad, que ha pasado. Recuerdo… oh, recuerdo imágenes de horror. Sangre y…

  —No se altere de nuevo, querida niña —intervino la señora Stoker—. Es cierto. Todos hemos contemplado imágenes que ninguno olvidaremos en la vida. Creo que incluso al pobrecito Bram, pueden haberle causado semejante trauma, pues mis entrañas se retorcieron de angustia, que no sería raro que naciera enfermo, criaturita mía.

  La noche finalizó en petit comité mientras Meredith acababa de recuperarse, entre comentarios sotto voce de lo sucedido, paralelismos con la situación política entre las islas. Pero sobretodo, las jóvenes parejas ya tenían un mañana en el que pensar plagado de esperanzas; los Stoker con una boca y un cerebro más que alimentar, lady Sarah y lord Bernard con una boda en vistas, y Meredith con muchas reflexiones que madurar y un bondadoso lord Eldric que quizás pudiera compartirlas con ella.

* * * * *

EPÍLOGO

  El 8 de noviembre de 1847, «el negro 47» como se recuerda en Irlanda aquel año por ser el peor de los de la hambruna que azotó la isla, nació en Clontarf, Dublín, el tercer hijo del matrimonio formado por Abraham C. Stoker y Charlotte Mathilda Blake Thornley.

  Para diferenciarlo de su padre, su diminutivo y nombre por el que pasó a la historia fue Bram.

  Durante sus siete primeros años de vida padeció de ciertos males no aclarados, que lo postraron en cama.

  Su madre, además de educarle proporcionándole un destacable nivel cultural, para entretenerlo se dedicó a contarle historias góticas de fantasmas y misterio, mezcladas con sus propias vivencias como las que recordaba de su propia infancia durante la epidemia de cólera de 1832 que asoló el condado de Sligo, de donde ella era natural.

  Y, tal vez, aderezadas con lo sucedido durante aquella noche del baile comarcal en Wedlockshire poco tiempo antes de su nacimiento.

  Quizá todo ello influenciara en Bram para la creación, cincuenta años después, de una obra mítica; Drácula.


* * * FIN * * *

Reto personal 1/6


PD: Los señores que aparecen en la imagen, editada por mi, son los verdaderos padres de Bram Stoker;

- Charlotte Mathilda Blake Thornley. 1818-1901
- Abraham C. Stoker. 1799-1876




domingo, 1 de marzo de 2020

Suspendidas en el tiempo



—Frida, ¿Recuerdas?
  La anciana continuaba con la cabeza gacha, oculta por la cortina de cabellos níveos que caían en cascada frente a un rostro que contaba el paso de las estaciones, los años y las décadas.
—¿Me recuerdas, Frida?
  La anciana emitió un sonido gutural, indistinguible de un suspiro o una queja.
—Vendrás conmigo, Frida. Te lo 
prometí.
  Un brillo asomaba reprimido a uno de los lacrimales de aquella joven que no se dejó abatir por la tristeza. Se aferró con fuerza, quizás rabia, a las empuñaduras de la silla de ruedas en la que la anciana permanecía ausente y empujó con decisión a través del pasillo.
  El doctor Wesser, responsable médico de la residencia, las siguió hasta el vestíbulo tratando de convencer a la joven de que lo mejor para la señora Pauli sería que permaneciera allí pues la enfermedad avanzaba sin solución.
—Doctor, con el tratamiento adecuado mejorará. Aquí solo le aguarda esperar el final, y por suerte o por desgracia, sin conciencia de nada. Ustedes hacen lo que pueden, les queda mucho por avanzar. No se avergüence, nada le hecho en cara. Pero me traicionaría a mi misma si no empleara todo mi conocimiento y experiencia en ayudarla. Nos traicionaría a ambas.
  Las puertas se cerraron y el transporte, con ambas pasajeras a bordo, se alejó a gran velocidad del edificio hasta que este se hizo diminuto para desaparecer, en la lejanía, junto a toda la ciudad.

* * * * *

—Frida, ¿Recuerdas?
  La anciana giró la cabeza hacia la joven. El arreglo del pelo, con las puntas recortadas y peinado hacia atrás, le daba un mejor aspecto dejando mostrar un rostro que, iluminado por la luz de un ventanal, parecía despojarse de algunas de las arrugas con las que el tiempo había registrado su paso.
—¿Me recuerdas, Frida?
  Los ojos de la anciana, turbios y extrañados, se fijaron en el rostro de la joven que le hablaba. Frunció el ceño, parpadeó y sus labios temblaron tratando de musitar alguna palabra.   Apenas logró verbalizar un balbuceo sin sentido.
Bba, baahba —dijo, formando su mirada una expresión de angustia que comunicaba mucho más que aquel sonido arrastrado.
  La joven sintió que aquella mirada la cubría de tristeza y melancolía. No pudo sostenerla con la suya por mucho tiempo y dirigió sus ojos hacia la blancura del suelo, viendo como una lágrima se alejaba desde su cara, haciéndose pequeña hasta estrellarse contra la punta de su pie derecho para estallar en brillantes microgotas, por un instante suspendidas en el tiempo y atravesadas por rayos de luz matinal.
  Sabía que el tratamiento sería largo, pero también estaba segura de su éxito. El tiempo no iba a suponerles ningún obstáculo.

* * * * *

—Frida, ¿Recuerdas?
  Frida se encontraba sentada en el banco de un jardín interior, absorta en la contemplación de unas flores de azul intenso que contrastaban de manera hermosa con el verde denso de sus hojas alargadas.
—¿Frida? —la joven volvió a llamarla tratando de captar su atención, mientras continuaba inmersa en la contemplación floral.
  De improviso, Frida adelantó una mano temblorosa hacia un grupo de aquellas flores. Pareció acariciarlas como a una suave mascota, ahuecando su mano tras ellas. Se detuvo un segundo en aquella posición.
  La joven también se detuvo, pues justo en aquel momento pensaba volver a llamarla tocándole el hombro. Su mano quedó detenida en el aire y su respiración se contuvo expectante.
  La escena pausada se reanudó por parte de Frida, al cerrar un poco más sus dedos sobre su palma, rodeando las flores azules en las que contrastaba el claro filo de sus pétalos y se las acercó a la vez que se inclinaba sobre ellas para olerlas.
Inspiró profundamente, captando cada matiz de aquella fragancia, estudiando cada nota de los aromas que la componían. Mantuvo el aire en su interior y los ojos cerrados durante largo tiempo, saboreando la bocanada que dejó salir despacio por su nariz quizás percibiendo nuevos detalles, y fue bajando su torso mientras desinflaba su pecho hasta exhalarlo todo. En ese momento, mientras iniciaba una nueva respiración a ritmo y profundidad normal, abrió los ojos contemplando de nuevo las flores, las cuales habían vuelto a quedar ante su rostro cobijadas en su mano.
—Jaj… jaaz —el intento de pronunciación sorprendió a la joven por la claridad de las sílabas, aun dentro del titubeo—. Jaa-ciin-to.
  Y allí estaba. La primera palabra coherente en mucho tiempo: Jacinto, el nombre de las flores. Aquellas flores cuyo perfume, sin duda, había logrado conectar las neuronas necesarias para activar un lejano recuerdo y luego identificar ese recuerdo olfativo con otro sonoro. Y además, reactivar las neuronas motoras que manejaban los músculos necesarios para poder pronunciar ese sonido, que resonaba desde las oscuridades de su memoria hasta salir a la luz del patio y volver a penetrar por su oídos. Los suyos y los de la joven que, agitada de emoción, lanzó su mano de nuevo para asir, temblorosa, el hombro de la anciana.
—¡Frida! ¡Los has recordado! Has recordado los jacintos azules.
  La anciana reaccionó al tacto cálido de aquella mano joven y al sonido de aquella voz dulce aunque entrecortada. Giró la cabeza y se quedó mirándole la cara.
—¿Me recuerdas, Frida?
  Pero la anciana, tras contemplarla unos segundos, le apartó la mano del hombro con el mismo brazo con el que se protegió la cara, encorvándose sobre sí misma y volviendo a gimotear.
  Apartándose, la joven alzó el rostro hacia el techo como quien lanza una plegaria al cielo, plegó sus brazos ante su pecho y cerró los puños a la altura de la barbilla en un gesto de rabiosa impotencia. Dos lágrimas se deslizaron por cada mejilla en dirección a su estirado cuello.

* * * * *

—Frida, ¿recuerdas el lago? —la joven preguntó susurrándoselo al oído, mientras ayudaba a la señora Pauli a acercarse al borde de una fuente circular y de mármol. El agua, agitada por los surtidores, les devolvía el abstracto reflejo de sus rostros.
  Frida Pauli sonrió cuando notó la húmeda tibieza de aquellas aguas, aleteo en ellas con la mano como lo haría una carpa koi, con curiosidad y lentitud. No prestó atención a su joven acompañante. No al menos a su persona, a pesar de asirla esta con ambos brazos para evitar una caída y de apartarle el cabello de la cara, pero sí prestaba atención al reflejo de ambas en la fuente.
  Tras un breve instante, los chorros cesaron de brotar, calmándose poco a poco la superficie acuática y cobrando definición los reflejos en ella.
—¿Me recuerdas, Frida?
  Una mano embadurnada en manchas y arrugas señaló hacia los reflejos. Los expresivos ojos de su propietaria se abrieron tanto que casi se volvieron cristalinos de nuevo, captando rasgos conocidos en los rostros del agua.
—Hola —murmuró despacio, con tono tímido e indagador—. Hola, tú… —la duda se hizo patente cuando parecía que iba a reconocer a su acompañante.
—Sí, Frida, sí. Yo —animaba la chica a la señora—. ¿Me recuerdas ya?
  Entonces, la mano que señalaba, debilitada por la carga de los años, se venció un poco para posarse en el borde de la fuente, los ojos perdieron brillo, las cejas se arquearon lastimosamente y el índice de la mano apoyada señaló hacia el otro reflejo. El reflejo de su propietaria.
  El llanto brotó de un rostro, ajado por el tiempo y atormentado por algo similar a la melancolía, que se deformó entre las ondas verdosas y oscuras provocadas por sus propias lágrimas, mientras su joven acompañante se unía a la llantina en un abrazo piadoso y mortificante.

* * * * *

  Entra en una estancia que le resulta familiar. Al fondo, toda una pared ocupada por estanterías muestra pinceladas de distintos tamaños y colores, unos brillantes como de oro o plástico, otros mate como de piel o cartón.
  Repasa maravillada todo el género que reposa en las baldas. Desliza sus dedos sobre escalonados lomos, acariciando sensaciones del pasado que jamás se olvidaron pero que, en algún momento, se arrinconaron cubiertas por las telarañas del desuso.
  Se fija en los caracteres que se dibujan sobre la superficie de lo que reconoce como libros y que, según le parece, deben estar escritos en alguna lengua desconocida. Uno de ellos le llama la atención y lo alcanza, sacándolo de su balda. Todo en él resulta extremadamente familiar, el peso ligero, los colores ocres, el tacto del papel, el olor entrecolado y sudoroso de páginas por las que pasaron muchas manos.
  Escucha unos pasos acercarse y se apresura a devolver el libro a su lugar de reposo, metiéndolo entre sus hermanos a la vez que oye la voz a su espalda.
—Frida, ¿Qué te parece? ¿Recuerdas la biblioteca del colegio?
—¿Colegio? —pregunta extrañada mientras se gira hacia su interlocutora—. Sí, esto es el colegio. ¿Es hora de ir a clase?
—No, Frida, cariño. Ya no. ¿Recuerdas las clases? —pregunta esperanzada al oírla pronunciar las palabras sin temblarle la voz.
—Me gusta la clase de ética —dice de seguido, convencida y con decisión—. ¿A ti no?
  Esa pregunta la coge por sorpresa, tan directa y clara que la hace sonreír y luego soltar una pequeña carcajada.
—Sí, te encantaba ética. Siempre entrabas a saco en los dilemas morales que el profe proponía.
—¿Estás en mi clase? —La mira escrutándola, tratando de establecer una clasificación burda; compañera o no.
—Sí, Frida. Fuimos juntas al cole. Hace mucho tiempo —Sujeta con ternura la cara de la mujer posando sus manos sobre las mejillas de esta—. ¿Te acuerdas?
  Pasa un instante así y entonces, las pupilas de la señora Pauli se dilatan, brillan con un destello de juventud y vivencia latente.
—Ag… —Duda, pero los enlaces sinápticos se restauran a velocidad exponencial a medida que los neurotransmisores artificiales reactivan áreas y conexiones—. ¿Agnetha? ¡Agnetha! ¡Eres tú!
  Agnetha lanza un suspiro de satisfacción.
—¡Me reconoces! Frida, al fin me reconoces.
—Te fuiste, Agnetha. Me dejaste y me prometiste que siempre seriamos amigas, siempre juntas. Pero te fuiste —Frida se atropella al hablar mientras recuerda.
—No me fui, me llevaron, ¿Recuerdas?
—¡Me dejaste! Siempre juntas y… —Frida Pauli llora desconsoladamente apartando las manos de Agnetha de su cara.
—No, por favor, Frida, cariño. Me llevaron ellos ¿No recuerdas? Nos llevaron a muchos, a su mundo. ¿Recuerdas los asteroides? —Agnetha habla casi gritando, tratando de acelerar un chispazo de memoria en su amiga que acelere la comprensión de lo que pasó. —¿Recuerdas que los llamaron la Marabunta porque parecían cientos de ratas corriendo hacia la Tierra?
  Frida atenúa su llanto. Parece revivir una escena.
—Lo ha dicho la tele —murmura entre sollozos—, la Marabunta iba a arrasar la Tierra y ellos lo evitaron.
—Eso es, cielo. Ellos los apartaron de nuestra órbita. Pero exigieron algo a cambio.
  Frida se vuelve hacia Agnetha.
—Los niños. Quieren llevarnos con ellos. Nos enseñaran.
—Sí, sí. Prometieron enseñarnos todo lo que sabían sobre el universo. «Mejorará vuestra especie como todas a las que hemos ayudado», dijeron.
—Veinte de cada ciudad, cinco de cada pueblo.
—Eso es. ¿Recuerdas que pasó, Frida?
—Te fuiste. Vinieron las luces cerca del lago. Sonaban como flautas. Fuisteis allí y las luces se elevaron. —Y entonces volvió el llanto—. ¡Y me dejaste!
—No, Frida, escucha —La sujeta por las muñecas—. Surgió una resistencia, formada por gente como tus padres que no querían dejarte marchar. Te escondieron. Escúchame, por favor. Prometí volver a por ti. La relatividad del viaje hizo que esperaras toda una vida, pero regresé a por ti y mira —le dice señalándole una pantalla que actúa de espejo—, míranos ahora.
  El reflejo es de dos jóvenes de edad similar, rubia una, pelirroja la otra.
  Frida se reconoce en esta última.
—La ciencia que nos enseñaron te ha curado y ha resincronizado nuestras edades. Y mira —señalando un ventanal—, estamos en su mundo; en H’amblin. —Y abrazándola, dijo: Lo prometí. Siempre juntas.
  Cinco años de viaje. Los mismos que de tratamiento restaurando un cerebro arrasado por el Alzheimer, rejuveneciendo un cuerpo, recuperando una vida que quedó atrás. Agnetha Giovanni y Frida Pauli se juraron amistad infinita. Hoy es el primer día del resto de sus vidas. De nuevo juntas.


* * * FIN * * *

Este relato participa en el #OrigiReto2020, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo que realicé, estos son los objetivos y objetos que tocaron para el mes de marzo.
Objetivo primario: 04-Una historia de amistad infinita.
Primer objetivo secundario: J-El flautista de Hamelin.
Segundo objetivo secundario: VIII-Alienígenas
Objetos ocultos: 09-Las estaciones y 13-Nieve (en cabellos níveos)


Estadísticas según https://www.contadordepalabras.com/


2010        Palabras
11955       Caracteres (con espacios)
10018       Caracteres (sin espacios)
74          Párrafos
163         Oraciones

martes, 4 de febrero de 2020

Índice OR2020

Relatos para el OrigiReto2020

Enero: Sobrevivir a toda costa.

Febrero: El Refugio.

Marzo: Suspendidas en el tiempo.

Abril: Cailleach

Mayo:

Junio:

Julio:

Agosto:

Septiembre:

Octubre:

Noviembre:

Diciembre:




Seguimiento de objetivos anuales



Salvavidas: Por 60 comentarios.(+10 op)

   Llevo: 32

Bendiciones: Por 12 recomendaciones.(+5 op)

   01-GeemaSeelie, 02-GeemaSeelie

Ardillita previsora: Por ocultar los 24 objetos.(+3 op)

   01=OK, 02=OK, 03=OK, 4=OK


Giratiempo: Por publicar 3 veces antes del día 10 (incluido).(+10 op)

   01=D05, 02=D04, 03=D01 (Logro conseguido)


Doce Miles: Por 12 Milpalabristas.(+3 op)

   01=OK, 02=OK, 03=OK, 04=OK

Molar mola: Por participar en 4 eventos.(+5 op)

Evento de abril, 

Rosa Insolente: Por 3 protagonistas femeninas.(+5 op)

   01=No, 02=Sí, 03=Sí, 4=No

Sororidad: Por dos relatos que cumplan el Test de Bechdel.(+5 op)

   01=No, 02=No, 03=Sí, 04=No

Tríada: Por tres relatos con representación LGBT+/Minorías.(+5 op)

  1. Le Capi(Trans)
  2. Moussa (Racializado y discapacitado)
  3. Frida Pauli padece alzheimer (no sé si cuenta)
  4. No, salvo por diversidad de razas.

DobleDragon: Por un relato de fantasía y uno de CiFi.(+3 op)

   01=No, 02=CiFi apocalíptica, 03=CiFi, 04=CiFi

Inconformista: Por un relato con crítica social.(+3 op)

01=Le Capi y la discriminación de la época (años 50 s.XX)
02=En la microsociedad del refugio, se reproducen parte de los mismos defectos de la vieja sociedad.
03=No
04=No

Leyenda: Completarlo todo.(+1 op)



Objetivo personal (VER) (+12 op a repartir)2/6

01: Paseo al fin de la noche (R)enlazado al de enero de @GemmaSeelie

02: Camino claro (M) enlazado al de marzo de @danipsicologa80