sábado, 31 de agosto de 2019

Debe ser amor


Después de todo, es lo más parecido al querer a lo que se puede aspirar desde que todo se fue a la mierda.

Al principio pensé que iba a ser su presa, como lo fue mi familia de aquella caótica banda.

Yo huí, los dejé atrás.

Entonces él me encontró, me escondió y me salvó de ellos.

Aún recuerdo como me sujetaba y me aprisionaba la boca para que aquella niña asustada que era, no gritara mientras ellos pasaban de largo.

Con el tiempo pensé que me tenía de mascota; cuidaba de mí, yo le daba compañía. Y me conformaba.

No sé muy bien cómo pasó. Nunca me había dado muestras de afecto, pero cultivó algún tipo de relación.

Crecí y cuando la primera sangre llegó, las miradas de deseo también.

Al principio, me resistí.

No valió de nada.

Luego, dadas las circunstancias… Irremediable.

Necesario quizás.

Ahora llevo a su hijo en mi vientre.

Eso debe significar algo.

Me da las mejores raciones.

Siempre dice que debo alimentar a dos.

Y su mirada es distinta.

Como cuando caza y asa un pollo.

Debe ser amor.



* * *

Este microrrelato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en agosto debía escribir un microrrelato con el objetivo 23; que tratara sobre un embarazo fuera de lo corriente o sobre algo poco conocido del mismo, protagonizado por la madre, no por el bebé, y con objetos ocultos 12; mascota.

Por motivos personales, cambié el objetivo por el del relato, pues no puedo enfrentarme este año a escribir sobre un embarazo. Veía difícil hacer cualquier cosa con este objetivo. Lo único que se me ocurría era esto, cambiar ese objetivo para un micro. Al menos debería escribir menos y por tanto pensar. Aunque dudaba que finalmente pudiera escribir nada. Pero, llegó Brayan  con su relato El rescate, y me dio una oportunidad única. Espero no degradar demasiado la esencia de dicho relato, que tenéis que leer, porque es muy bueno.

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Ojos que miran al cielo

De Felipe González de Haedo - Per above, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2083559


A Hawaikiti le encantaba aquella época del año. No solo por la ceremonia del primer huevo, que además de servir para elegir al nuevo rey, congregaba a todos los clanes en el mismo lugar de la isla por única vez en el año, propiciando el encuentro entre los adolescentes que acababan de abandonar la niñez y los jóvenes que ya la abandonaron el año anterior. Era un tiempo de descubrimientos, citas furtivas y aventuras fundamentales. El tiempo del cambio. Cuando acabara la ceremonia, la isla tendría un nuevo rey, su clan ostentaría el rango de clase alta y los jóvenes del mismo, podrían elegir a sus parejas entre los otros.

Un año más, todo cambiaría en el ombligo del mundo, para seguir igual en la isla de Te pito te henua.

Los vientos alisios traían la humedad recogida durante miles de millas a la redonda. Al chocar con la elevación súbita de aquellas islas, surgía la bruma baja que a medida que ascendía hasta la cumbre del cráter principal, se transformaba en nubes densas y grises que se colocarían a modo de etéreo pero contundente sombrero. Pero ahora, la aurora estaba deshaciendo aquellas nubes que habían coronado durante la noche al volcán, alumbrando de dorado el verdor exuberante de las laderas.

A veces, colapsaban por el propio peso de tanta humedad oceánica y descargaban una lluvia pesada y breve, que alimentaba el lago que ocupaba el interior del cráter volcánico y formaba regueros de agua terrosa desde los bordes hacia los llanos y las costas.

No era extraño que algunos de los espontáneos arroyos cortaran en algún momento alguno de los caminos de tierra que, trazados cuando las primeras piedras que caminaron en tiempos anteriores a la llegada del pueblo rapanui, ahora se aprovechaban como carreteras para comunicar todos los rincones en la isla.

Así de inestable se mostraba la nueva primavera mientras llegaba, anunciándose en el vuelo de los Manutara, que comenzaban a establecerse en los motus del suroeste. Y al igual que las aves se concentraban en aquellos islotes, los clanes también se agrupaban ya en la bahía de Hanga roa.

Los isleños esperaban con impaciencia a que los sacerdotes novicios, encargados de escudriñar los motus desde el borde del Rano kao desde hacía tres semanas, señalaran el momento oportuno. El tercer aviso, cuando sonara, actuaría como si a cada lugareño le clavaran una jeringuilla cargada de adrenalina. Las gargantas se desharían en gritos y alaridos de júbilo. Las piernas patearían desbocadas la ladera del volcán para rodearlo y encaramarse en las terrazas naturales desde donde observar el mar.

Aquel mar donde el destino de los hombres-pájaro, y con ellos el de la isla entera, se jugaría a vida o muerte.

Quedaba poco, pues ya se habían observado hacía diez días que los sobrevuelos al Motu Kao Kao eran infructuosos, pues era siempre el primero en completar la población nidificante al ser el más pequeño de los tres. Cuatro días más tarde, dieron el segundo aviso haciendo sonar el coro de caracolas, señalando que en el Motu Iti ya no cabían más nidos y las aves continuaban asentándose en el Motu Nui, la colonia principal en el islote sagrado.

Pronto llegaría el momento de los hopu manu, los aspirantes a hombres-pájaro.

Hawaikiti no estaría entre ellos. El patrocinado de su clan sería otro, pues en la selección previa, el ariki lo había rápidamente catalogado entre los descartados como «enclenque y sin valor». Los descartados, aún respetando rigurosamente la decisión de su jefe tribal, acatándola en silencio y sin expresión alguna, solían avergonzarse y sin dejar que las lágrimas y la tristeza se reflejaran en su rostro, aguantaban con un estoicismo apabullante la desdicha de ser eso, un mero descarte.

Hawaikiti tampoco reflejó nada, salvo un leve destello en sus ojos que sus padres, presentes como los demás en la selección, interpretaron con tristeza y orgullo como el intento de aguantar las lágrimas del pundonor.

En realidad, era la lucha interna para aguantar la sonrisa. Si no fuera contra el tapu, hubiera soltado un inmensa carcajada, en parte porque aquellas tradiciones demostrativas de heroísmo, virilidad y testosterona se la traían al pairo. Sobre todo, sería una risa de felicidad.

Felicidad que se había iniciado días antes cuando, escondida junto a la señora del ahu Vinapu, un moai femenino derribado, había encontrado una tablilla que imitaba los caracteres rongo rongo de la verdadera tabla fundacional del ahu Nau Nau, en el extremo norte de la isla. Ese sería el lugar de su definitiva cita, la playa de Nau Nau.

Cuando se conocieron hacía unas semanas, Hawaikiti y Afuhoki, ambos habían visto algo especial en el otro. Una mirada furtiva que hace deslizar la del otro hacia la hierba. Una sonrisa tímida que es contestada por otra temeraria. Un cruzarse en el camino, porque sus caminos siempre terminan por confluir. Y las palabras.

Palabras dichas y escuchadas en atardeceres solitarios. Primero como oraciones que flotaban en los mutuos anhelos, en la soledad de cada choza. Después, como preguntas que buscaban confirmar las propias intuiciones y respuestas que afianzaban la igualdad de pareceres. La soledad no era ya tanta, cuando dos sombras se recortaban frente al sol de Poniente. Ahora era intimidad, plácida y tranquila. El sosiego y la paz de dos iguales que se encuentran.

Arriba, en el cónclave de Orongo, los sacerdotes recitaban una y otra vez la sucesión de reyes que gobernaron la isla tras la llegada desde las ancestrales tierras hundidas de Hiva. También imploraban al dios Make Make que intercediera por ariki más digno de ser nombrado sucesor del linaje real como tangata hoa manu, el rey de todos los clanes durante el año siguiente. Para ello, la suerte, la habilidad o incluso el favor del dios debía acompañar al hopu manu que representara a ese futuro rey, para regresar sano y salvo, él y el huevo de manutara.

No era nada fácil. Trescientos metros de alocada bajada por la ladera rocosa para alcanzar cuanto antes el mar, nadar casi kilómetro y medio para trepar al Motu Nui, coger un huevo bajo el bombardeo de heces de una colonia entera de aves marinas que intentarían atacar a los ojos del humano. Y una vez conseguido, tras gritar el nombre de su ariki, regresar con el huevo intacto hasta Orongo, deshaciendo todo el camino y volviendo a enfrentarse a los mismos riesgos. No todos regresarían. Puede que ninguno, y nada cambiaría. El tangata hoa manu actual continuaría un año más.

Toda la ceremonia y competición les llevaría un buen rato por mucho que corrieran. Justo lo que necesitaban Hawaikiti y Afuhoki para encontrarse, pues cada uno por un camino distinto, aprovecharían para encontrarse en el norte de la isla. La tablilla dejada por Afuhoki quería decir que en aquella pequeña playa rodeada de palmeras y toromiros, había dejado preparada una barca de totora. En ella tenían planeado huir, lanzarse a la mar de aguas eternas, con la esperanza de que, al igual que en un tiempo remoto el primer ariki, Hotu Matua, trajo a su pueblo huyendo del hundimiento de la vieja tierra de Hiva, ellos alcanzarían una nueva tierra en algún lugar.

Un lugar donde las cosas fueran diferentes y ellos, un orejas largas y un orejas cortas, pudieran tratarse de igual a igual. Y amarse deshaciendo el tapu que les hacía presos en aquel pedazo de roca, bajo la impertérrita y temible mirada de los moais.

Hawaitiki llegó corriendo, veloz como un pez que huye de los tiburones. Descendió la pequeña cuesta que de roca y hierba pasaba a arena coralina y pequeñas conchas. Paró un segundo para buscar a lo largo de la orilla. Y allí estaba, la barca de totora flotando como en un sueño. Reemprendió la carrera. Podía ya ver que alguien esperaba de pie sobre ella, mirando al mar.

—¡Afu! ¡Afu! Ya llego. ¡Afu!

Pero Afuhoki no se volvió. Continuaba embelesado observando el horizonte.

Hawaikiti llegó a la misma orilla, mojándose los pies primero y adentrándose hasta que el agua cubrió sus muslos. Agarró las fibras de totora del estabilizador de estribor y miró a cubierta.

—Afu ¿qué pasa? ¿Algo va mal? – preguntó con cierto temor.

Afuhoki se volvió a mirarle con un semblante extraño, serio. Con un gesto decaído, señaló hacia un punto en el mar y dijo: —Ahora sí. Todo va a cambiar.

Ambos miraron en la dirección señalada. Tres enormes y extraños barcos, con tantas velas blancas como las hojas del toromiro, se acercaban.


»Diario de a bordo de la fragata Tienhoven del 5 de abril del año 1722, domingo de Pascua.
Tras casi dos meses de navegación, avistamos una isla a 3 cuartas a babor. Lo hemos comunicado al almirante Roggeveen que ha dado orden de aproximarnos en busca de provisiones. Oramos para que los nativos que hubiere, se muestren temerosos de Dios y no ofendan al altísimo ni a nuestros ojos.

* * * 

Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé (y con un intercambio de objetivos entre relato y micro por cuestiones personales), en agosto debía escribir un relato con el objetivo 20; una cita que resulte ser un desastre, y los objetos ocultos 3; jeringuilla y 36; estátua de piedra.

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domingo, 28 de julio de 2019

Un viernes como otro cualquiera



Luís miraba con desgana el grupo de mensajería de sus amiges.

Todes se estaban preparando para la noche, soltando burradas a cada cual más explicita mientras exponían sus preferencias. Unes describían con pelos y señales la virilidades del portero de un pub, otres señalaban el voluptuoso busto de cierta camarera de otro garito.

A él le aburría tanto alardeo sexual. ¿Es qué nadie podía pensar en simplemente salir a charlar entre copa y copa, escuchando buena música? Otra noche más, aguantándoles y esquivando insinuaciones de unos y otras.

Entonces llegó el mensaje que parecía cambiarlo todo.

El 112 Inverso alertaba escuetamente: «Virus peligroso liberado por accidente. Permanezcan en sus domicilios y sellen cualquier ventilación incluidas puertas y ventanas. Ayuda médica en camino.» Del susto, el terminal se le cayó de las manos.

Por fortuna aún funcionaba al recogerlo, pero multitud de grietas con forma de telaraña cubrían una gran parte de la pantalla.

 * * *

Este microrrelato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto.

En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en julio debía escribir un micro con el objetivo 8; que sea distópico o apocalíptico (pre, post o durante el apocalipsis), y de objeto oculto el 13; un mensaje vía whatsapp, SMS... (el 112 Inverso aún no se ha implantado en la UE y no sabemos aún sí será vía SMS o por mensajería de red). Enlaza con el relato de abril de Marve, La última constante. Lo entenderéis todo mejor si lo leéis, claro.

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    En los últimos años, los efectos de que el clima global se estaba yendo al garete eran cada vez más patentes. Pero aquel febrero se estaba mostrando extraño en otro sentido. A Mateo le recordaban los inviernos de su infancia, cuando el frío era más frío, cuando llovía durante días seguidos y no era raro que granizara. Recordaba lo placentero de acodarse tras las ventanas de casa, empañando los cristales por el vaho de su mirada asombrada, mientras afuera, el granizo improvisaba una melodía llena de repiqueteos graves, como un rumor de fondo constante, con algunas notas metálicas y agudas al golpear las rejas, convertidas en un negro y húmedo xilófono. Los platillos de los relámpagos iluminaban la sonata unos segundos antes del gran redoble de timbales, las más de las veces lejano.

    El frío le recorría el cuerpo y aunque sí que parecía que estaba lloviendo algo más de lo usual para este mes, lo que más le revivía las imágenes de su memoria de la infancia era el color del cielo. El color de todo, en realidad. La cubierta gris. Ese era el color de un cielo en el que no se distinguían nubes individuales y que tamizaba la luz del sol para otorgar a todo unos tonos parduzcos y antiguos. Era como vivir en una película antigua, o en viejas fotos reveladas de carretes kodachrome en un laboratorio poco cuidadoso y que además hubieran envejecido con los años, tanto en el papel como en el recuerdo.

    Un clima bastante melancólico, muy propicio para que sus preocupaciones le pesaran tanto como un lastre. Indeseado pero imposible de soltar.

    Todo comenzó con las quejas de los proveedores. Retrasos en los pagos cada vez más frecuentes provocaron que en administración comenzaran a solicitar auditorias financieras. No descubrieron nada especial. Sí, algunos pagos se habían retrasado un poco, pero en ningún caso se incumplía el compromiso de la Universidad de pago en noventa días.

    Sin embargo, aquel mes ya le habían llegado dos burofaxes provenientes de los abogados de dos suministradores. Uno era de una empresa de suministros médicos que les proveía de algunas formulaciones y compuestos específicos. El otro era más extraño. Un holding de empresas que se dedicaban desde el sector de servicios como limpieza y mantenimiento de comunidades de vecinos, hasta inmobiliarias especializadas en oficinas y suelo industrial. Al parecer, a ambas les habían llegado cheques sin fondos, como pago de transacciones fechadas hacía dos meses.

    Se pasó aquella mañana tratando de averiguar que relación comercial tenían con esta última. La primera había especificado un listado de productos, similar a los de otras ocasiones y acompañando la queja con la factura que no habían logrado cobrar. Salvo una llamativa diferencia en volúmenes solicitados, algo mayores a la media de otros encargos, nada que reseñar.

    Pero el otro burofax no tenía más que una referencia de facturación que el departamento de contabilidad no conseguía encontrar en los archivos.

    Mateo tomó las riendas del asunto. Llamó al teléfono que figuraba. Los de contabilidad ya le habían advertido que solo se escuchaba una locución que prometía atender la llamada lo más pronto posible y tras varios minutos musicales, se colgaba. Tras dos intentos, desistió.

    Lanzó una búsqueda por internet del número de teléfono. Solo encontró dos cosas. Una que había muchas quejas de usuarios que hacían referencia a aquello mismo. Nadie contestaba sus llamadas cuando intentaban comunicarse con ese número. Y lo segundo, que eran varias las empresas y los servicios relacionados con el mismo.

    Cada vez más irritado con la situación, pensó en que alguien le debía un favor en el departamento de informática de la universidad.

    Ingeniería informática.

    Buenos días. Mateo Polanco, de biotecnología. ¿Podría hablar con Giráldez?

    Le paso…

    Aunque Mateo ya se dedicaba más a la empresa que a la universidad, aún podía presentarse en nombre de su departamento y que las puertas adecuadas se le abrieran.

    ¿Sí?

    Diana, soy Mateo ¿Cómo te va? —Mateo trató de sonar cordial.

    ¡Hombre, truhan! ¡Cuanto tiempo, coño! Desde que estas con los fondos europeos, ya no te juntas con la plebe, maricón. —Diana se podía permitir esos reproches en tono de broma, ya que hacía años que se conocían. Demasiado bien quizás, pensaba la mujer de Mateo, causa por la cual cada vez hacían menos por coincidir en el Club Traianus, al que ambas familias pertenecían desde hacía generaciones.

    Sí, demasiado, eh. Ya lo siento, pero tú sabes…

    Que sí, que sí. Mucho trabajo, poca diversión. ¿Cómo esta Clarita? ¿Y los niños?

    Todos bien. Los chicos estudiando a tope y su madre con sus cosas, lo de siempre.

    Sus cosas, eh. Ya. No hay quien os pille en el club, macho. Juan tiene ahora un viaje a Estocolmo, así que no tenía previsto pasarme sola por allí, pero… Si tienes pensado pasarte, podríamos… quedar ¿no?

    Mateo trago saliva. Nunca se acostumbró a la cierta actitud de desparpajo insolente que Diana mostraba, tanto en público, como sobre todo en privado. Esa forma de hablar y comportarse era la que había llevado a su mujer a sospechar cosas que no habían sucedido nunca. Y que probablemente, nunca sucederían. Cada vez fueron menos las fiestas, cócteles y eventos en los que las familias se veían, y la distancia se fue rellenando de vida cotidiana.

    Eh… No sé, yo… No vamos mucho, a decir verdad.

    Bueno, pero si has llamado será por algo. Y si quieres algo de mi, tendremos que aprovechar ¿o no? —lo dijo con cierta picardía, pero nada fuera de su habitual juego dialéctico.

    Mateo sintió por un momento que en verdad, sí que tenia ganas de volver a ver a Diana. Recordó alguna de las ultimas noches en que se habían saludado con dos besos, demasiados descentrados de las mejillas. Tanto que casi ambos podrían haber adivinado qué estaba bebiendo el otro sin preguntarlo. Aunque a él, de todos aquellos saludos, el aroma que mejor recordaba pegado a la suave piel de Diana, era un dulce perfume floral, tan característico en ella.

    Esas sensaciones le retrasaron un poco en dar una respuesta.

    Bueno ¿qué? ¿Esta noche? —Diana insistió.

    No sé. Le preguntaré a Clara. Hoy es San Valentín. —se expresó dudoso y Diana remató de un arponazo.
    Sé muy bien que día es, Matito. Ay, Clarita, Clarita ¿Donde irías tú sin tu jefita? Bueno, anda. Ya me dirás en que quedáis. Además, hoy es lunes. Pensároslo para el finde que viene. A ver ¿qué te ha hecho acordarte de mi, capullín?

    Sí, verás. Yo te llamaba porque tenemos un poco de lío con un proveedor. El número que tenemos solo nos lleva a una grabación que no nos soluciona nada.

    Eh, que mi especialidad en seguridad informática no va de psicología de roboces. Si no quiere hablar contigo, no seré yo quien lo logre convencer, jajaja.

    Que graciosilla eres cuando quieres.

    Siempre, Matito, yo siempre. Pero tu te lo pierdes…

    Ya, ya. —Era difícil no perder el hilo cuando ella soltaba una puyita detrás de otra, pero Mateo prosiguió—. No lo harás hablar, pero ¿a que podrías averiguar si tienen otro número, una dirección de correo… no sé, algo más para contactar con ellos?

    Ah, eso… Espera. —Tras unos segundos en que la escucho trastear, Diana volvió a hablar engolando la voz—. A sus ordenes, capitán Sparrow ¿qué rumbo tomamos? —y susurró con su voz normal— estaba colocándome el parche el ojo, jijiji.

    ¿Cómo? Ah, ya, de pirata, je, je. Es una ilegalidad ¿no? Perdona, no tenía ni que habértelo pro…

    ¡Anda ya, Matito! Qué poco me conoces cuando no quieres conocerme. Estaba buscando el bolígrafo, hombre. A ver, dime el número de teléfono y los datos que tengas. Cuando tenga algo te llamo.

    Tras facilitarle los datos, Diana se despidió con un beso, sonoro pero sin aromas.

    Mateo esperó en su despacho revisando todas las facturas que provenían del proveedor misterioso. Parecía que la relación comercial había comenzado en noviembre. Comparándolas con las de la empresa de suministros médicos, justo un mes después de que hubieran comenzado a pedirse un mayor volumen de productos y materiales. Tal vez hubiera alguna relación causa-efecto ahí, pero no era capaz de vislumbrarla. Analizó los stock de almacén y laboratorio. Nada cuadraba con esos incrementos. Los suministros que llegaban a la empresa seguían siendo los mismos mes a mes. Algo no cuadraba y no encontraba la pista de aquellos excedentes, por llamarlos de algún modo.

    Enfrascado en facturas, albaranes e inventarios, el teléfono sonó. Era Diana. Con los datos que tenia, había conseguido averiguar que la sede del holding empresarial en Sevilla estaba ubicada en la isla de La Cartuja, como tantas empresas. Mediante el número de facturación y entrando por una puerta trasera en los archivos, encontró que se correspondía con el alquiler mensual de una nave en el polígono El Pino, en Palmete.

    No se explicaba aquel alquiler. La actividad de la empresa se llevaba a cabo entre el campus de la UPO y el Parque de Investigación y Desarrollo Dehesa de Valme, en Dos Hermanas. Nada en Palmete ni en ningún otro lugar.

    Quizás Salva supiera algo. Le extrañaría mucho que al director se les escapara aquella información. Así que le llamó.

    Desde el viernes, al despedirse tras la jornada laboral, no había sabido nada de Salva. Hasta ahí era lo normal. Pero hoy no lo había visto aún. En su despacho no estaba, lo comprobó en persona cuando no contestó a la llamada interna. Tampoco consiguió contactar llamando a su móvil. Ni al de empresa ni al particular. En la empresa nadie lo había visto. Preguntó a todo el mundo.

    Entonces se temió algo en lo que nunca había querido pensar, pero siempre había sospechado. Con todo lo que había pasado con Espe desde el accidente, siempre le había admirado el tesón con que trabajaba Salva. Desde casi el principio, una vez superadas sus lesiones y estabilizada ella, Salva se dedico en cuerpo y alma a la investigación, acelerando pruebas en cuanto podía, consiguiendo inversores hasta de debajo de las piedras, maquillando resultados para que los fondos europeos siguieran llegando. Forzó tanto la maquina, que se habían movido muchas veces por el filo de la navaja, y quizás algún paso lo habrían dado sobre el abismo.

    Esto tenía que ser cosa de Salva también. La oscura sospecha sobre su motivación.

    Sin pensarlo más, cogió las llaves del coche. La nave alquilada estaba a poco más de diez minutos.

    A pesar del trafico, bastante denso en una ciudad como Sevilla, llegó al polígono en menos de quince minutos. Desde el exterior, la nave presentaba un aspecto un tanto dejado, por no decir que parecía estar abandonada. Comprobó la dirección de nuevo, puesto que en la facha aún se leía «Nave en venta y alquiler». El cartel estaba roto justo donde debía aparecer el teléfono y el logo de la inmobiliaria.

    El piloto rojo del contador, indicaba que carecía de suministro eléctrico. «Otro impago», pensó.

    En una esquina, una ventanita le llamó la atención. Pensó que sin luz, tampoco habría alarmas. Acercó un contenedor de basura, metálico y viejo. No pesaba demasiado y las ruedas no estaban mal. Se subió y desde encima, no le resultó difícil. Rompió el vidrio y se asomó. Daba a un aseo. Olía bastante mal, demasiado pero tenía que llegar al fondo de esto y saltó al interior.

    El baño estaba contiguo al portón metálico de la nave. Quitó el cerrojo y lo abatió. Así alumbró aquel recinto cerrado que apestaba. A unos tres metros del portón, vio otra puerta cerrada con una cadena gruesa pasaba entre ella y la pared. Se fijó en el candado. Solo estaba presentado, no cerrado. Lo quitó y deslizo la cadena para liberar la puerta. El sonido de los eslabones se confundió con un coro gutural, bastante más aterrador que el de las historias góticas de fantasmas.

    La puerta se abrió de golpe. Su ultimo pensamiento fue para recordar el aroma del perfume de Diana, ahogado por el nauseabundo olor de la putrefacción. Mateo había provocado la fuga de los monstruos en los que Salva no había reparado.

    * * * FIN * * *

    Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en julio debía escribir un relato con el objetivo 5; que hable de una fuga, y los objetos ocultos 5; cheque sin fondos y 10; instrumento musical.


    Quienes hayais ido siguiendo el reto, os habreis dado cuenta que este relato esta relacionado con el de mayo «Amar a morir»  y el de marzo «Tal vez… soñar» Si no los conoceis os invito a leerlos. Este mes solo he tenido un día efectivo parar hacerlo todo; relato, micro y pegatina. Así que tiré de algo conocido y mostré otra perspectiva o faceta de los mismos sucesos. Ha sido como cumplir un encargo con fecha límite, justo en la fecha límite. No es para tirar cohetes, la verdad, pero había que cumplir con el compromiso.

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    sábado, 29 de junio de 2019

    Sopa de tiburón


    Nota previa: Este microrrelato es un fanfic de mi película favorita; Tiburón (Título original: Jaws. Director: Spielberg. Año: 1975. Basada en una novela de Peter Benchley). Recomiendo, si no tenéis las voces y los personajes grabados a fuego en vuestra mente, ver antes el video de la mítica escena con el relato del Indianapolis contado por Robert Shaw en el papel del capitán Sam Quint a bordo del Orca. Así podréis ponerle la voz del gran actor de doblaje español, Arsenio Corsellas.

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    * * *

    Quint miró de soslayo a Brody.

    Jefe, por todos los demonios, sean de mar o tierra ¿sigue usted a bordo o se ha caído por la borda? —Se rascó bajo la gorra tratando de entender la pregunta del policía, o más bien, cómo preguntaba eso. Creía que tras lo que había contado sería obvio.

    Señaló con la navaja con la que pelaba la fruta dirigiéndose al otro pasajero. —Hooper, espero que a usted le haya quedado claro o les pasaré por la quilla ambos.

    »No obstante… ¿Recuerdan lo que les conté de Robinson, mi amigo jugador de béisbol? Formábamos un trío estupendo con otro tipo, Bruce Benchley, al que llamábamos BB. Justo antes de que el Indianapolis se uniera a las joyas de Atlantis, me lo cruce por el pasillo. Llevaba un petate con algunas cosas cogidas en cocinas mientras evacuábamos. —Apuntó de nuevo a Brody—. Esa lata de sopa de aleta de tiburón entre ellas. Caducaba justo el 29 de junio del 45.

    »La conservo porque es la única carne de pez que no lleva parte alguna de la de mis compañeros.

    * * *


    Este microrrelato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en junio debía escribir un micro con el objetivo 17; escribir un fanfic, y con el objeto oculto 9; una lata de conservas caducada.

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    Me ha resultado muy complicado encontrar modo de enlazar con algún relato. A punto estuve de dejarlo sin enlazar, pero al final pude hacerlo con el relato de enero de Spike «La joya de Atlantis» https://lacriptadespike.wordpress.com/2019/01/18/relato-la-joya-de-atlantis/

    domingo, 23 de junio de 2019

    En una noche de verano

    Fuente de la imagen: R. J. Random


    La Toto me mira sonriente con sus ojillos pícaros desde la ventana de la caravana. Estoy fuera, fumándome un piti a la fresca. Puta calor del demonio. El verano en Sevilla es mortalito. Aunque eso no nos ha impedido disfrutar de lo lindo dentro, sin aire acondicionado ni . Con el ventilador acariciando nuestros cuerpos desnudos y empapados en sudor nos hemos dado suficiente gusto.

    Menos mal que se esta levantando un vientecito fresco. Son las tres de la madrugada y ahora es cuando se puede salir al patio a respirar.

    Y ahí sigue; mirándome desde la ventana, con esa sonrisa que brilla en medio de su cara tiznada como bajo la luz de luna de una discoteca. ¡Qué guapa es la hijaputa! Me tiene loca esa perra gitana.

    De repente, le cambia la cara. Nunca le había visto esa expresión tan extraña. Si sus ojos fueran pistolas, las balas me habrían pasado rozando por encima del hombro. Quizá una me habría arañado la oreja. Está asustada y cada vez más. Lo que sea que haya visto está detrás mía, al otro lado del patio, adonde mis titos. Me vuelvo y el aire me peina hacia atrás y lo noto en toda la cara, más frío, más fuerte. Como si me arrojaran un cubo de agua que no moja.

    Miro casa de los titos. ¡Vaya polvareda!

    Las palmeras se están meneando de lo lindo, como plumeros de carnaval. Por detrás, Las luces de la avenida están parpadeando y hay un montón de porquerías revoloteando; bolsas, papeles, vasos de cartón del búrguer y de plástico de la botellona, colillas, alguna prenda perdida, basura variada y hierbas pajizas de a saber qué rastrojo. Y tierra, mucha tierra que va arremolinándose y que se entrevé alumbrada por las farolas intermitentes y el resplandor de la ciudad.

    —¡Me cago’n mi mare! —Es lo único que me sale decir mientras retrocedo espantá.

    No me lo puedo creer, pero justo ahí delante, en plena Sevilla, se esta formando un puto remolino de esos. Como los de las pelis.

    Me vuelvo y salgo pitando hacía la caravana, desde donde la Toto me hace señas para que me aligere mientras aguanta la puerta. Llego y doy un salto. Ella me agarra y tira de mí a la vez que pega un portazo. Nos abrazamos y así, juntas y apretás, nos tiramos al suelo debajo de la mesa plegable.

    Primero llega el ruido, cada vez más fuerte. Como si los de la banda de la Macarena estuvieran ensayando en el descampao de detrás y no afinara ni uno. Pero nada de tambores, solo viento. Y luego se empieza a mover, primero meciéndose, que parece que nos hemos subido en el paso de la Virgen y los costaleros van más fumaos que de costumbre, sin ritmo ni compás. Una tremolina que hace vibrar todo, como la lavadora vieja de mi tita con los tornillos flojos.

    Y de repente, el estomago nos da un vuelco. A mi me lo da, y seguro que a la Toto también porque es la primera vez que la veo tan pálida. Es como si el capataz hubiera gritado; ¡al cielo con él! y los costaleros hubieran brincado con patorras de canguro. Intento fijarme en la ventana y veo luces pasar. Creo que la caravana ha salido volando. Me mareo como si girara, que lo debe estar haciendo, y se balancea mucho más que un barco.

    No puedo sujetarme a nada. Nos soltamos, tropezamos con las paredes, el mareo me hace vomitar y se vuelve todo negro, como los ojos de la Toto.

    * * * *

    —Menudo resacón, quilla —le digo a la Toto, que está espatarrá junto a la cama—. Me duele el tarro como si me hubiera pillao un ciclón.

    La Toto tiene un jeto de haber pasado mala noche también. Aún así, sigue guapa, la joia. Abre mucho los ojos y mueve las manos como imitando a una turmix. ¿Qué coño dice?

    —Batido, nosotras, la caravana, todo batido… —Ya podría haber aprendido lengua de signos. Y ella también, que ya le vale. Empiezo a recordar.

    Recuerdo que todo daba vueltas. Y haber visto algo oscuro fuera. ¡Ostia!

    —¡Claro, chocho! ¡El tornado! El puto tornado de anoche. Nos levantó con caravana y todo. —Me sobresalto y caigo en preguntar—. ¿Tú estás bien?

    Ella me dice que OK palpándose el pecho y levantando el pulgar. Me señala y pone cara de interrogación.

    —Sí, sí. Mareada un poco, pero bien. Voy a ver fuera. ¡Ay, mis titos!

    Me levanto y abro la puerta. Fuera no reconozco nada. No está la casa de los titos, ni el patio, ni la avenida, ni los edificios al otro lado de… ¿un campo de espárragos?

    —¿Dónde cojones estamos? —digo en voz alta.

    Po en Huetor Tajar.

    ¡Coño, qué susto! Justo delante de la caravana, que de momento no parece muy dañada, hay un grupillo de gente mu bajita y mu morena. Parecen ecuatorianos o algo. Sonríen y parecen alegres.

    —Huetor… ¿Graná? —Lo digo bastante insegura e incrédula. Mierda, no tendría que haber dejado el colegio. Pero me suena a Granada, sobre por el acento de estos, por muy andinos que parezcan.

    Po claro. —Uno del grupo parece ser el portavoz. —Cucha que te diga, niña. Que gracias por aplastarla. —Y todos ríen felices, no sé de qué. No he pillado el chiste.

    —¿Aplastar la qué? —pregunto extrañada.

    El portavoz da un paso a su izquierda y señala a las ruedas, creo.

    Po a la bruja esa del Este, que nos tenía sin contrato, ni cotizando ni . Ahora podremos montar la cooperativa que queríamos.

    Bajo los dos peldaños hasta el suelo y miro. ¡Joder! ¡Unos pies! Debajo de la caravana, que ahora veo que tiene el eje roto y las ruedas espanzurrás, asoman unos pies con tenis coloraos y mucho brilli brilli.

    —Ay, madre. ¿esta muerto, muerta… o lo que sea?

    —Tiesa como la mojama, rapaciña. —Esa voz no es del portavoz de los achaparraos estos.

    Un vieja, con falda de colores y bisutería hasta las cejas. Aunque parece oro del bueno todo, eh. Y su manojo de romero que no falte. Ale, ya estamos todos.

    —Señora, el romero para los guiris, que soy de Sevilla. —le digo marcando los límites, porque me huelo el percal.

    —Anda, anda. Si a ti no te hace falta romero. Con la suerte que has tenido de caer aquí y espachurrar a la maldita rusa esta. Era mala como un demonio. Ven acá pa’ca, que te doy un beso, rapaciña.

    Y la señora me aprieta los mofletes, como si estuviera aferrando las riendas de un caballo indio, y con un sonoro beso en la frente me deja la marca de sus labios. No solo por el carmín (o la manteca colorá, no sé), si no por la succión, tan fuerte que creo haberme caído en una ración de pulpo gigante a la gallega.

    La Toto sale en ese momento, la vieja la ve. La mira, me mira. Nos mira, picarona. Y dice imitando mal nuestro acento; —Ojú. ¡Ole, qué arte!

    Nos cogemos de la mano, y pregunto, así en voz alta y sin dirigirme a nadie, porque ya no sé si tengo alucinaciones o todo esto es real. —A ver. ¿Alguien me puede decir cómo volver a Sevilla? A la avenida de Kansas City, para más señas.

    Los ecuatorianos señalan hacia un punto más allá de una chopera y la vieja nos dice que tenemos que buscar la A-92. Que vayamos por el carril bici, no vaya a pillarnos un camión. Que tenemos que llegar hasta un cortijo pintado de verde esmeralda que es del vago de Oz… (¿Ha dicho Ozborne?). Y van y se largan, los cabrones.

    Le digo a la Toto que he perdido las babuchas con lo del tornado. Ella se fija y me señala, con carita de asco, a los pinreles que asoman. Hombre, la verdad que las zapatillas esas molan. Y parecen de mi numero. Pero robarle a una muerta…

    —Bah, al diablo. Me voy a sollar los pies si no. Y ya no le van a hacer falta. Sería una lástima. —le digo a la Toto que vigile, no vayan a aparecer los picoletos justo ahora. Me las pruebo y me están perfectas. Genial.

    Comenzamos a andar, siguiendo el carril bici. No sé porqué, pero en vez de en verde lo han pintado de amarillo.

    * * * *

    Diecisiete parcelas de espárragos después, pasamos por una de pipa. Los girasoles están enormes. Como cabezas de niños, no. Como puñeteras pelotas de pilates. En la linde, hay un SEAT León color hojalata mal aparcado, como dejado de caer a un lado. Sobre el techo y el capó, varias urracas están graznando y dando saltitos. Pero se espantan al llegar nosotras y se marchan protestando con sus graznidos, como diciendo «ea, ya nos han jodido la diversión».

    En cuanto se alejan, la puerta del conductor se abre con dificultad y chirriando. Alguien debería echarle aceite a esas bisagras. Un tipo raro, con chaqueta y maletín, sale del vehículo.

    —Hola, chicas. Eh… perdonad —Parece tímido.— ¿Podríais ayudarme? Es que venía de parte del banco a embargar la finca, pero esos pajarracos se abalanzar… —De repente, es como si explotara una sandia. Miro horrorizada sus sesos esparcidos y su cabeza, ahora hueca. La japuta de la Toto lo ha reventado de un estacazo con una señal de coto que ha conseguido arrancar.

    —¿¡Pero qué cojones!? —La Toto me hace pinza en los labios para que me calle y, gesticulando como una loca, creo entender que dice que a su familia también la embargaron o los desahuciaron del piso y que no aguanta a los pringaos que envían los bancos para esas cosas.

    —¡Estás zumbá, tía! Si no era más que un hombre de paja. El enemigo, por decirlo así, son los fondos buitre y toa esa morralla. —le espeto sin creerme que haya sido capaz de algo así.

    Sigue signando cosas. Que sí, que vale. Que este era un cobarde y un mandao, pero que no lo ha podido evitar. Ya otro día armamos la revolución, si eso. Y que pillemos el coche, que queda mucho camino.

    Afortunadamente parece que hoy fuera el día del Pilar y los picoletos siguen sin aparecer, como si estuvieran librando todos.

    * * * *

    No dejo de mirar al colgante del retrovisor. El Fari, con toa su cara de mico, lleva dos alitas pegadas a la espalda. Debe ser la versión difunta del muñequito.

    La Toto conduce como alma que lleva el diablo. La majara, se ha llevado por delante a otra vieja que salió de repente de entre las hileras de girasoles, armada con la típica escoba de brezo. Nunca sabremos si era la dueña de la parcela o qué, pero ha acabado volando por los aires hasta caer en la acequia de riego. Siempre nos quedará la duda de si sobrevivió, duda que no hemos querido disolver parando a mirar.

    Cuando salimos por fin a la A92, tiramos millas a todo lo que da el seita, que por cierto también tiene la dirección dura pa tos sus muertos. Nos la hacemos de un tirón hasta que, entrando por Sevilla Este y por increíble que parezca, vemos en un cruce al gilipollas de Bertín en la puerta de un chalet de muros verdes. Lleva un manojo de globos en la mano que se le escapan cuando, la Toto, gira derrapando a lo bruto en toa su cara para coger la salida hacía la A4 que enlaza con la Avenida de Kansas City.

    El coche lo dejamos abandonao en el polígono Calonge, no sin antes limpiar las huellas. Canis, sí. Pero tontas ni mijita.

    El último tramo lo hacemos andando. Cuando veo la casa de los titos intacta y la caravana también, aparcada al otro lado del patio, sin ningún rasguño, me agarro a la Toto y entonces me despierto.

    Estamos dentro, desnudas, abrazadas, sudorosas. Sigue siendo de noche.

    La puta calor de Sevilla y el peta me han hecho tener una maldita pesadilla, surrealista del .



    * * * FIN * * *

    Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en junio debía escribir un relato con el objetivo 12; versión propia de un cuento conocido, y los objetos ocultos 17; tornado y 21; demonio.

    El cuento versionado es «El maravilloso mago de Oz», escrito en 1900 por L. Frank Baum. Conocía la famosa adaptación a película de 1939, la de Judy Garland cantando el Over the rainbow. Pero para mejor documentación, me leí durante la primera mitad del mes el relato original, a pesar de ser este un mes bastante escaso de tiempo libre a causa del trabajo. Desde el principio tenía la idea clara, pero necesitaba absorber los matices y escenas del texto, porque aunque la película está muy bien, no deja de ser una adaptación cinematográfica con ciertas licencias y variaciones. Muy curiosamente, cuando ya estaba medio encarrilado el texto, pusieron la película en tve1. La grabé por si necesitaba inspirarme un poco ya que hacía mucho que no la había vuelto a ver. Pero grabada está, sin revisionarla. Preferí no mezclar y basarme solo en lo que me inspirara el texto original.


    Estadísticas según https://www.contadordepalabras.com/
    2005 Palabras
    10837 Caracteres (con espacios)
    8873 Caracteres (sin espacios)
    Párrafos 59
    Oraciones 187