domingo, 19 de abril de 2020

Cailleach

   


Baytal observa por el rabillo del ojo hasta donde la escafandra le permite para comprobar si Pasquale le da la señal. El sudor flota en el interior de su minúsculo hábitat en forma de traje pero se resiste a desprenderse de su cuerpo, formando una sustancia persistente sobre su piel que molesta y cosquillea. Lo contempla ajustando uno de los taladros en medio de una lluvia de confeti helado que centellea al contraluz de las luces de trabajo. Pasquale trabaja envuelto por su obra, una nebulosa en miniatura en el centro del propio universo formado por roca helada y vacío. Hasta parece poseer un aura iridiscente alrededor del cuerpo como si un arcoíris rotulara el contorno del Creador.

   A tres millas del asteroide, la piloto Mariluz Ruíz-Ponce mantiene en espera al remolcador MT-Alcotán-IV siguiendo la misma órbita que el pedazo de roca. Quedan doce minutos para que las novedades que radió lleguen al control de misión; el equipo de captura salió hace veintisiete minutos hacia el objetivo, Cailleach-1812.

   Las prospecciones con radar de la sonda Goya han dado resultados alentadores; el núcleo de coltán tiene un 23’64 % de tantalita de alta pureza con un 58 % de óxido de Tantalio. Casi cinco millones de gloyuanes vale la piedra.

   En la soledad de la nave, Mariluz se asegura de que los dos equipos de amarre, Gothelsson con Souza y Rajakumaran con Pasquale, siguen trabajando en la superficie y que la computadora mantiene fija la órbita de seguimiento, de persecución prefieren llamarla a bordo, acoplada al giro del asteroide sobre su eje de traslación. Al no trabajar en EVA, ella no lleva pañales y el mono de faena es suficiente.

   Evacuar, eso es lo que necesita y el baño se encuentra en el módulo polivalente, al final del túnel F, tras la cabina. Pulsa la radio.

   —Equipos de anclaje para Alcotán-IV. Dejo el puesto un momento.

   —Alcotán, aquí Gothelsson. Recibido.

   —Alcotán, Rajakumaran. Afirma.

   Continuarán trabajando en su ausencia extremando las precauciones. Durante unos minutos estarán solos ahí afuera.
Se suelta del puesto de pilotaje y se lanza con seguridad hacia el túnel, calcula bien y flota por él sin apenas rozar las paredes. Está acostumbrada a moverse en ingravidez y le tiene cogidas las medidas a la nave minera tras ocho meses de servicio en ella.

   De repente ve una pieza oscilante que se interpone en su camino. Trata de maniobrar, se encoge y estira tratando de girar para apartarse de la trayectoria, topa contra un armario, su cuerpo rebota descontrolado y la pieza le impacta en un ojo. Retorciéndose, como una sábana azotada por un viento inexistente o poseída por un fantasma improbable, con una mano trata de reconfortar el ojo dolorido, con la otra atrapa la pieza en fuga. Con el culo rebota hacia la pared de enfrente aunque consigue aminorar el impacto con los puños. Desprotege el ojo para agarrarse con esa mano y, cuando lo logra, mira lo que ha atrapado, el arma contusiva que nadie le lanzó, no ahora, no a ella, pero que allí estaba buscando sin buscar un cuerpo que detuviera su danza espacial.

   —¡Maldito Miguel! ¡Mira tu mierda-muñeco!

   Mariluz se refiere al anterior piloto, español como ella. Lo recuerda del relevo, demasiado retro para su gusto, demasiado flamenco. Seguro que ahora tiene un ojo morado por culpa del «carrofary» que su predecesor colgaba como indicador de gravedad. Lo único que ahora tendría cierta gravedad sería ese ojo, pero entonces una alarma suena en la consola de mando.

   —Tracking lost. Recalculating orbital synchronous…

   La voz de la computadora de vuelo informa que se ha perdido el «enganche» que mantenía sus posiciones fijas, a la vez que la voz de Rajakumaran entra con fuerza y preocupación.

   —Alcotán, Baytal. Algo passa. Alcotán, responde. Responde Marilús, no veo remolcador.

   La piloto reacciona, se impulsa veloz de vuelta al asiento.

   —Marilús, los amarres se arrastran. Estoy taratando de llegar al patín de...—la voz queda tapada por sonidos de respiración agitada y ruidos de vibraciones.

   Mariluz se incorpora al asiento atrapando los cascos en el aire, ese aire que silba por las conducciones de ventilación pero que se está haciendo denso, recalentado y viciado por momentos en vez de llegar renovado y fresco. Habla antes de acabar de colocárselos y de situarse a los mandos.

   —Rajakumaran, Alcotán a la escucha. Te copio, pero repite lo último.

   La radio solo son ruidos.

   —Rajakumaran, aquí Alcotán. Responde Baytal, soy Mariluz —la preocupación se evidencia en el tono de la piloto.
Sigue sin respuesta, continúan los ruidos.

   Mariluz teclea instrucciones a toda velocidad; cámaras haciendo zoom al asteroide, ordenador a calcular trayectoria de acercamiento, datos en pantalla.

   El asteroide no está donde debería, por lo que la imagen que se muestra tarda unos instantes en centrarse, mientras las cámaras lo rastrean para fijarlo en objetivo. El cinturón de asteroides recibe suficiente luz para obtener visión directa de un cuerpo solitario pero poca para localizarlos rápido dada la ausencia de referencias espaciales. Cuando queda centrada Cailleach-1812 parece un tiovivo girando en al menos dos ejes. En el infrarrojo se ve que está expulsando gases como una maldita olla a presión y parece acelerarse más y más.

   —Target locked, on route —anuncia la añeja voz sintética.

   —Command; localizar: patines, estibadores. Go! —lanza la orden vocal a la computadora para ahorrar tiempo y vuelve a emplear la radio para llamarles—. ¿Alcotán para Gothelsson? ¿Rajakumaran? ¿Souza, Pasquale? Alcotán para estibadores —Silencio humano y ruido de fondo—. ¿¡Me escucha alguien!?

   —Located stevedore Rajakumaran —es un anuncio frío que constata un hecho, pero lo dicho por la computadora de a bordo no dejan de ser buenas noticias. Espera que lo sean.

   Pulsa un botón y la pantalla principal muestra lo que aparenta ser un pequeño amanecer cuando un objeto brillante aparece por detrás del asteroide, elevándose sobre su superficie. Es un cuerpo o al menos un traje de astronauta con la forma de un ser humano. Amplia la imagen y se horroriza. Falta un brazo, el cuerpo está girando, pasa un brazo, la espalda con la mochila de vuelo y… Ahora debería verse el otro brazo pero es el pecho, la escafandra brilla, y en seguida el brazo que ya había visto y se repite el ciclo. Le extraña no ver una gran mancha de sangre. Su cerebro está en shock y no cae en la cuenta de la rápida descompresión ni del inmediato congelamiento, solo imagina escenas de películas viejas, vampiros y desmembramientos. No, sabe que ese brazo ha sido amputado pero no piensa en que apenas ha habido tiempo para sangrar. Tampoco se fija en un segundo satélite humano que inicia su propio amanecer.

   —JjJjJuiii...tán? ¿Alcotán me escuchas? —la radio ha escupido la voz de Rajakumaran tras una chirriante y gangosa interferencia.

   —¡Baytal! —Mariluz comprende que el primer cuerpo era el de Pasquale —. ¡Estás vivo, Baytal!

   —¡Marilúss! De momento ssí. —El tono no termina de ser alegre.

   —Command; Approach. Go! —grita a la nave tocando la imagen en pantalla— Baytal, ¿Los demás?

   —No sé que ha passado. Souza gritó y la superficie vibró. Nadie contesta por radio. Y las cinchas empezaron a moverse, a arrastrarse rápido como cobras —habla acelerado, al borde de la hiperventilación.

   —Estoy llegando, Baytal. Tranquilizate. Cailleach está girando y tú con él. Informe de oxígeno —Mariluz le da la orden para que deje de pensar. Los protocolos no siempre sirven solo para lo que están diseñados. Espera que así se centre en una tarea concreta ya que lo nota agitado en exceso.
Baytal respira hondo y se fija en los indicadores. Estos, los únicos que indican vida, se replican en la consola del remolcador pero Mariluz ha sido astuta.

   —Oxigeno 84 %. No hay fugas. Presión OK. —Baytal va relatando diversos datos a la vez que su respiración se normaliza.

   —Baytal, ¿Puedes ver al Alcotán? Estamos a tus doce. Una milla.

   A diferencia de Pasquale, el estibador vivo tiene control de vuelo en su traje y no gira descontrolado. Se mantiene usando algunas referencias en la superficie del asteroide, al igual que hace la computadora de la nave de un modo más eficiente. Él debe rectificar continuamente para mantener la posición. Es un alivio que a su alrededor no haya ningún paisaje que ver; sería consciente de que todo el universo gira desbocado alrededor del asteroide y él. El vértigo sería insoportable y nadie quiere vomitar dentro de la escafandra.

   Maniobra para observar el vacío sobre su cabeza. Le cuesta un buen rato distinguir un tenue punto, diferente al de las lejanísimas estrellas. Pero allá, a lo lejos, ve aquel remolcador acercándose como la torre perdida de algún ajedrez desperdigado. Poco a poco, muy poco a poco, aquella torrecilla va aumentando su tamaño.

   Fragmentos de roca, gas helado y polvo de regolito atraviesan su visión. El astronauta deduce que la suciedad se está arremolinando alrededor del asteroide, que se fragmenta a medida que gira, en una escombrósfera.

   —Alcotán, voy a salir al encuentro. Esto se está poniendo peligorosso.

   Antes de acabar la frase incluso, Baytal se da impulso tomando como referencia y objetivo al remolcador que aún queda a más de media milla.

   —Copiado —La situación da la razón al compañero—. Afirmativo, no voy a poder acercarme mucho más. Demasiados cascotes.

   Las rocas más grandes colisionan desintegrándose en fragmentos pequeños, lanzados como metralla sideral hacia todos lados.

   —¡Lánzzame un cable!

   Mariluz comprende automáticamente la súplica. Ella no puede acercar el remolcador, un blanco demasiado grande para los desechos. Baytal no alcanzará demasiada aceleración y la distancia es aún demasiada. Deben acortar distancias y tiempo. Debe pescarlo, como a un salmón, en una maniobra extrema. Debe intentarlo, será su campanu, piensa. Activa una esclusa de la bodega de proa.

   —Command; Estacionario a Rajakumaran, Obviar distancia. Go!

   Deja a la computadora que se encargue de mantener la posición y se lanza hacia la bodega por los túneles de servicio con una sola cosa en mente; el arpón.

   Avanzando entre la bruma sucia que le acompañaba en su alejamiento del asteroide, Baytal solo piensa en otra cosa, diferente pero igual.

   «Vamos Ruiponche, vamos. Lánzale tu trenza al prinzzipe», se repite a sí mismo el viejo chiste con el que ha bromeado con Mariluz una y mil veces.

   Y entonces ve relampagueos, como las toberas correctoras de una nave, todavía lejos para discernir el objeto del que emanan. Cree adivinar lo que es, desea que sea lo que cree que es, pero no puede acelerar más.

   —Baytal, he disparado el arpón. El conector de aprovisionamiento va hacia ti. Tendrás que pillarlo al vuelo y agarrarte con todas tus fuerzas.

   —¡Roger! —Deja de dar impulso de avance, necesita salvaguardar todo el combustible posible para maniobrar. La cosa no va a ser sencilla.

   Usa los espejitos de las mangas para comprobar como va la cosa por los alrededores y detrás de él. La mayoría de los escombros grandes se están alejando, pero una especie de géiser va a apuntar en su dirección en cuanto Cailleach de un cuarto de vuelta más.

   «Vamoss, vamoss» Suplica. Ordena. Ruega.

   Como una escúter de grande, el enganche se acerca rápido y va a tener que «montarse en la moto en marcha». Como un portero de hockey sobre hielo trata de imaginar el pequeño rectángulo a defender. Pequeños toques, arriba, arriba, derecha, abajo, para parar el gol. Aquí llega, centrado, un disco gigante directo al pecho que le atropella.

   —¡Tira! ¡Tiiiraaa! —grita y el grito entra galopando en el remolcador a través de la radio.

   Mariluz recupera manguera «a toda hostia».

   Baytal ve como el chorro que estaba a punto de devorarlo deja de acercarse, aparentemente hasta se frena. Parece un muro de purpurina flotante que comienza a alejarse despacio.
A ido por los pelos pero está siendo pescado.

   —Ya está, Baytal. Estás a salvo. Si supieras que podría no haber llegado por culpa de El Fary.

   —Ssí, Ruiponche. Me salvaste, amiga. Pero... ¿Qué es «elfary»?

   Las lágrimas de Mariluz se mezclan con sus carcajadas.

   —Eso ahora no tiene importancia, compañero. Ninguna importancia.

* * * * * FIN * * * * *

Este relato participa en el OrigiReto2020, el reto de escritura creado por Katty (ver blog) y Stiby (ver blog). En el sorteo, para el mes de abril me tocaron los siguientes;

Objetivo principal; (4) que suceda en el espacio.
Primer objetivo secundario; (B) Rapuntzel
Segundo objetivo secundario; (VII) Vampiros/licántropos
Objetos ocultos; (14) Un personaje conocido y (03) el arcoíris.

Las estadísticas según el contadordepalabras oficial.


1999     Palabras
12185   Caracteres (con espacios)
10066  Caracteres (sin espacios)
125       Párrafos
172       Oraciones


4 comentarios:

  1. Me he aturrullado un poco con el relato, demasiada información, tal vez, (o que yo estaba muy expedita)
    El final es lo que está más logrado. Realmente de agobia pensar si baylan lo va a conseguir o no.
    Saludos y nos vamos leyendo.

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  2. Vaya, cuántos personajes y cuánta acción. Destaco, sobre todo, la escena del traje de astronauta con el brazo amputado. Me ha gustado mucho y la referencia a los vampiros y licántropos está muy bien metida. También me gusta la dificultad que tiene el personaje para procesar lo que está viendo, queda realista gracias a ese shock inicial.

    Las últimas líneas también han sido una forma genial de cerrar el relato. Quizás mi única pega es que me he perdido un pcoo en algún momento suelto, no sé si por la información o por los personajes, que a veces olvidaba quién era quién y qué hacía cada uno. Por lo demás, muy entretenido y buenos párrafos descriptivos.

    Un saludo :)

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  3. Hola RJR!
    Realmente hay un aluvión de datos técnicos que si bien contextualizan perfectamente toda la acción, han hecho que me pierda en algunos puntos. Entre eso y el montón de personajes presentados de golpe (aunque luego al final no eran tantos como me había parecido) lo cierto es que han hecho que el relato al principio me resultara bastante confuso. Aún así he elegido la técnica de "leer de un tirón y luego ya veremos" y la historia ha terminado por atraparme.
    Que angustia, que trepidante carrera de emociones por ver si Mariluz es capaz de efectuar el rescate...la mitad del tiempo pensando que habría otro "amanecer" ¡Qué repelús los amaneceres!Totalmente gore, de cine de miedo vaya.
    Francamente, no me esperaba que algo tan sencillo como un muñequito del Fari pudiera liarla tan sumamente gorda en un lugar tan recondito.
    Muy bien lograda la escena, desde luego. Con las descripciones logras que pase como una película por mi cerebro.
    Buen relato ¡Felicidades!

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  4. Buenas noches

    Mira que me gustan estos relatos de ciencia-ficción. Encuentro este bastante logrado: el ambiente de la nave, el equipo de astronautas multincional, el incidente con la pieza dejada de cualquier forma en la nave, para que golpee los ojos de la gente, etc.

    Luego, encuentro muy lograda la narración. La forma de narrar potencia el caos y el peligor que se vive en la nave cuando todo falla y el dichoso asteroide se pone a hacer cosas raras. También me ha gustado el final feliz y la referencia al Fary.

    Un saludo.

    Juan.

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