sábado, 28 de diciembre de 2019

L. calling

Panel mural de la sala de control


 En el espacio abierto al desierto, las parábolas de las antenas se tiñen de un blanco tostado por la luz anaranjada de la tarde que parece desangrarse despacio hasta disolverse en la oscuridad de la noche. El coche aparca frente a la fachada del edificio, tan blanca y cálida como las antenas que se recortan con el horizonte. Las tres personas, uniformadas con los polos blancos y los pantalones crema, bajan y se dirigen charlando a la entrada, de la que les separan apenas una decena de pasos.

—...entonces habría que ver si alguna de las dos especies está en peligro de extinción o no. La verdad, no sé si el pulpo lo estará, por la pesca y eso, pero supongo que el águila tiene más papeletas. ¿Acaso no lo están todas las rapaces en el mundo?

—Sí, ese es un factor a tener muy en cuenta —Pablo coincide con el razonamiento de Amalia—. Pero yo creo que fue una cuestión patriotera. Ya sabéis como son estos americanos con sus símbolos, y el águila calva…

—Creo que en realidad se llama pigargo —apostilla Amalia ajustándose la gafas con el índice.

—Lo que sea, pigargo, águila calva, en fin. ¿No es la que aparece por todos lados en gorras, emblemas, banderas, carteles, …?

—Si hubieran sido gallegos —tercia Gerardo—, el águila esa se salvaba. Pero el pulpo… je, je, je.

—Yo no podría comerme a un bicho inteligente como el pulpo.

—Pues el águila no se planteó eso. ¿O crees tú que un hambriento tiburón blanco que te encontrara nadando en la playa iba a respetar tu intelecto?

—No puedes comparar. —Amalia se dirige a Gerardo en tono paternalista— Estás hablando de dos depredadores irracionales. Pero los humanos sí nos paramos a pensar, y si lo que nos vamos a comer tiene algo parecido a una mente inteligente, pues no sé yo. Da cosa.

—Anda ya. Con su pimentón y sus cachelos. Ese aceitito… uhmmm. Ja, ja, ja. Habría que preguntarle a la jefa, que es de allí. Joder, esa si que está para comérsela, ¿qué no?

—¡Lo llevas claro! —espeta Pablo.

—¿No me crees capaz?

—¿Capaz? ¿Capaz de qué?

—¡De ligármela, coño!

—Ya te lo he dicho, lo llevas claro.

—Ja, ja, ja. Sí, claro clarinete. Como se nota que llevas poco tiempo aquí —confirma Amalia.

—¿Es de las tuyas o qué?

Amalia no soporta el tono en que dice las cosas el operador, pero sabe sobrellevarlo.

—No lo sé. Nadie lo sabe. Sabemos que Silvia vive sola y cuando se habla de familia y tal, ella solo menciona a sus padres, que los tiene allá en su tierriña, y a Agapito.

— ¿Agapito? Ja, ja, ¿un noviete gallego?

—Que no, pesado. Su agapornis —aclara Pablo echándole un capote a Amalia—. Este sí que lo tiene en casa. Pero nunca ha hecho mención ni a novios ni a novias.

—Y no solo eso. En una cena de navidad de hace dos años, Laura, la de administración…

—No la conozco.

—Bueno, pues también la puedes tachar de tus objetivos —la sonrisa de Amalia le deja claro que ella sí podría intentarlo con la administrativa—. Total, que en aquella cena, cuando andábamos ya midiendo las calles entre garito y garito, Laura parece que intentó algo. No sé muy bien, fueron a mear entre dos coches y en algún momento intentó besarla, meterle mano o algo de eso. Cuando volvieron, la jefa se despidió y se largo en un taxi. Laura nunca nos explicó los detalles, pero nos aconsejó que nadie lo volviera a intentar. Estuvieron unos días un tanto tensas, pero luego nada. Verás que son muy buenas amigas. Bueno, la jefa en realidad, es tan buena jefa como amiga de todo el grupo prácticamente. Eso sí, nunca te pases un pelo con ella.

Tras dar el relevo al turno de tarde se sientan, rodeados por dos o tres monitores en cada puesto y frente al gran panel audiovisual de la pared. Allí se muestran un mapa estelar, un plano con la disposición de las antenas y un apartado con varias representaciones diferentes de un mismo espectrograma con apariencia plana y anodina.

—Bueno, vamos allá. Pablo ¿Qué objetivo tenemos hoy?

—Pues para empezar —explica consultando la programación—, tenemos una primera ventana de escucha entre las 22:13 y las 03:27. Apuntaremos a la estrella de Luyten a ver si nos responde alguien. O algo.

—Ok. Gerardo, introduce las coordenadas, nos quedan 10 minutos para posicionar las antenas. ¿Y luego?

—Analítica de grabaciones, vamos por las de septiembre de 2031. Y mientras, darle respaldo al hemisferio sur que les toca… sí, la secuencia 331 hacia el Sistema Ran y las lunas de Aegir.

—¿Qué tiene la 331? ¿Algo que podamos escuchar o tendremos que tirar de nuestras listas de reproducción? Como sea así te aviso, Pablo, nada de étnica. —Advierte la radioastrónoma y jefa de turno.

—Deberías mostrarle más respeto a la música étnica. Al fin y al cabo, de ahí proviene todo lo que emitimos a las estrellas. —justifica el técnico de sonido.

—Sí, sí. Pero eso que tu llamas étnica no son más que pastiches modernos metidos a la fuerza en el negocio aquel de la new age desde los 80 del siglo pasado. Y si es algo puro y ancestral de verdad, no hay dios que lo escuche.

Pablo vuelve los ojos en blanco en signo de rendición y lee la lista de reproducción 331.

—A ver, tras la intro, hay un motete alemán del s. xiii...

—¡Maravilloso! —dice con sorna Amalia.

Biiieeen —lanza una exclamación susurrada Gerardo.

—...las danzas góticas de Satie…

Gerardo contesta con la imitación de un ronquido —Zzz...—, y Amalia con un claro y sonoro —¡No jodas!

—Esperad, Esta es buena. La música nocturna en las calles de Madrid de Boccherini.

Amalia asiente con la cabeza.

—Me vale para empezar. No viene mal para acompañar un cafelito, que la noche es larga.

—Yo me apunto, pero que sea carajillo —responde animoso Gerardo—, que a mi el barroco no me entra sin condimento.

—Pues ya sabes. A mi me pones uno solo bien cargado. Pablo, ¿tú?

—Con leche sin lactosa y calentito, gracias —indica este con una sonrisilla a su compañero.

— Mancha de cabrones— balbucea el operador de sistemas, mientras se dirige al rincón junto al extintor, donde tienen instalado un modesto office con la cafetera, el microondas, la pequeña nevera y el armario donde guardan las viandas y chucherías.

—Y, obviando que es renacentista y no barroca, ¿qué más tenemos?

Pablo se traga una carcajada para no mofarse del error de su compañero que, aunque está ocupado con la cafetera, podría ver herida su susceptibilidad. Y continua revisando la playlist.

—Pues a ver, del s. xx tenemos algo de The Smiths y... ¡Ey!¡Quizás te guste esta antigualla de 1979!

—¿No será algo de aquello de, cómo lo llamabas, «la movida»?

—¡No! Joder, Amalia. Algo que al final resultó premonitorio. Deberías tener muy en cuenta este grupo. Si no recuerdo mal compusieron esta canción porque el local donde ensayaban, o el apartamento donde alguno vivía, estaba a las orillas del Támesis. Tenían miedo a una gran inundación. Así que ya preveían los efectos del calentamiento global.

—Y tanto. Con el nivel actual, ese sitio debe ser el reino del cangrejo.

—Pues seguro —indica mientras selecciona la pista y la pasa a los altavoces de sala. —Bueno, escucha esto.




El London Calling de The Clash invade con ritmo marcial las instalaciones del observatorio, fluyendo desde la sala de control por pasillos y despachos vacíos en aquellas horas nocturnas.

Pisando fuerte al modo militar y al ritmo de la canción, Gerardo regresa a las consolas portando las bebidas, que reparte a sus destinatarios. Luego se sienta en su puesto e informa del posicionamiento correcto de las antenas para iniciar, según sus palabras textuales «otra tediosa escucha de la estrellita de marras».

Se refiere a GJ273, la Estrella de Luyten. Primera hacia la que se emitieron las señales del Sonar Calling en 2018 y seleccionada por tener un planeta, GJ273b, orbitándola en su zona de habitabilidad. A 12’4 años luz, aquellas señales alcanzaron su objetivo en 2030. Pablo siempre había pensado de aquel germen del actual programa que emitieron fragmentos demasiado experimentales. Si alguna inteligencia con órganos auditivos respondía a aquello no dudaba que lo haría con una declaración de guerra, por torturarles.

Cuando en los años 20 el programa pasa a manos de Unión Mundial de Radioastronomía, se desarrolla el protocolo de contacto. Cada emisión consta de una introducción en sistema binario con las secuencias matemáticas habituales para indicar que en las coordenadas de la Tierra existe una civilización de casi tipo I, y a continuación, una selección de músicas de todos los tiempos y culturas. Se seleccionan sistemas solares susceptibles de albergar vida y con edad suficiente para que esta se haya desarrollado hasta una etapa tecnológica capaz de escucharnos y, sobre todo, respondernos.

—Ok. Alineación afirmativa —colaciona Amalia—. Escucha activa en tres, dos, uno.

Durante la cuenta regresiva, Amalia dirige su mirada hacia Gerardo, quien tiene preparado el dedo frente a la pantalla para pulsar el botón de grabación. A la cuenta de uno, Amalia da la orden con sus rubicundas cejas, Gerardo toca la pantalla y un testigo rojo aparece junto a los espectrogramas del panel mural indicando la grabación de la escucha. Inmediatamente, los espectrogramas cobran vida, se excitan dibujando valles y crestas, franjas de colores que se corresponden con intensidades nunca antes observadas.

—¡Wow! —clama Gerardo, asombrado y paralizado frente a su puesto, sin dejar de mirar al panel.

Pablo reacciona con rapidez poniéndose los cascos y accediendo a la aplicación del ecualizador, mientras Amalia se gira para echarse las manos a la cabeza ante lo que ve en el panel.

—Es…, es…, ¿qué es eso? —los balbuceos de Amalia son de incredulidad—. No puede ser una señal inteligente. Decidme que es, no sé… una supernova o algo. ¿Verdad?

La música se detiene. Pablo se levanta bajándose los cascos para dejarlos abrazando su cuello.

—¡Parad! Parad, parad, parad —grita atropellando sus palabras—. Tenéis que escuchar esto. Lo pongo por los altavoces.




La sala se inunda con un extraño sonido orgánico. Parece medio sintético, medio gutural. Aunque es difícil imaginar un ser vivo con semejante garganta o un aparato fonador capaz de emitir esos sonidos. Suenan más de dos tonos a la vez, complementándose mediante armónicos y secuencias rítmicas.

—¿Son varias voc…? —Amalia rectifica antes de terminar, sus filtros racionales no le permiten expresar la idea que azota su mente— Varios instrumentos, ¿verdad?

—Os diré a lo que me suena a mí —Pablo habla con autoridad, el sonido es su especialidad. Comprende mejor que cualquiera de ellos todo lo que engloba la música, la armonía, la rítmica, las melodías y los matices. Y las voces—. Me suena al khöömii, la técnica de canto de los chamanes de las estepas de Asia. Para muchos pueblos indígenas como los Tuva de Siberia, los Xhosa de Sudáfrica o los Inuit del Polo, el canto de armónicos equivale al lenguaje de la naturaleza. Es como un ADN sonoro que comparten y comprenden los espíritus de todos los seres vivos. Los chamanes de esas tribus ancestrales cuentan que cantando son capaces de transmitir imágenes directas a la mente de otra persona o animal. Creen que la espiritualidad de los ríos o las montañas se manifiesta mediante los sonidos que producen y que hasta el eco de una roca rebotando en un desfiladero está impregnado de su espíritu. 

»Y ahora, compañeros, estamos oyendo el eco de una lejana roca. Una roca que sin duda está poblada por almas, o conciencias si lo preferís. Seres conscientes e inteligentes que están respondiendo a nuestra música con la suya. A nuestros espíritus con los suyos.

»El filósofo Schopenhauer dijo que la música puede ser comparada a una lengua universal, cuya claridad y elocuencia supera a todos los idiomas de la tierra. Y tal vez —sentencia señalando al panel—, a cualquier otro lenguaje en cualquier rincón del universo.

Gerardo, nervioso, expresa en alto un deseo.


—Solo espero que no les guste el pulpo.

* * * F I N * * *


Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en diciembre debía escribir un relato con el objetivo 03; que la música tenga un papel relevante, y los objetos ocultos 16; una persona ACE (Silvia, la jefa) y 08; un extintor.



Estadísticas según https://www.contadordepalabras.com/


2018     Palabras
11713   Caracteres (con espacios)
9760     Caracteres (sin espacios)
68         Párrafos

169       Oraciones

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