jueves, 31 de octubre de 2019

Anoriinnaq

Regata de umiaqs inuits en Alaska, 4 de julio de 1915.


Se quedó observando como el gargajo que acababa de lanzar por la aleta de estribor se estrellaba en la heladas aguas del atlántico norte. La mucosa y amarillenta saliva de fumador pareció fundirse con la superficie del mar, espachurrándose como un mosquito en un parabrisas. Ni se hundió ni rebotó. Se quedó pegada a la vez que se abría en derredor, como una mancha circular de petróleo o gasóleo que flotaba en en la superficie, sobre las ondas de la estela del barco, mientras se alejaba hacia popa con la corriente. O tal vez se hubiera quedado quieta, cautiva de la sal y el frío, y en realidad fuera el bacaladero lo que se alejaba con el motor a medio gas, avante al rumbo que el patrón hubiera fijado.

Encorvándose sobre si mismo, dio otra calada al cigarrillo que acababa de liar y encender. Dio dos pasos hacia la maquinilla de ese lado, encargada de recoger las redes de arrastre, y se giró hacía popa. Hoy había amanecido con bastante buen tiempo y la estela, que marcaba el camino ya surcado, permanecía sin borrarse durante unos cientos de metros. Parecía una lanza alargada que le indicaba la dirección en la que se iba alejando Bermeo. Su puerto, o mejor dicho, el puerto base del Beti Atzera. Y su hogar.

Esperaba que esta fuera la última marea. Félix nunca se había imaginado acabar pescando en un arrastrero tras acabar carrera y máster de postgrado. Pero la vida es así.

Lanzó con desgana el cigarrillo. Eso tampoco estaba en sus planes. Siempre cuidando su alimentación, ejercitando su cuerpo y alejado de drogas y alcohol, para acabar allí, fumando tabaco de dudosa procedencia. A saber que le quedaba de la planta original, pues cuanto más barato, más transgénico, más adictivo y más mierda.

Se estremeció cuando el viento refrescó, cosa poco habitual ya incluso en aquellas latitudes tan norteñas. Si quisieran podrían llegar al pacífico por el paso del noroeste sin apenas divisar hielo o nieve. Otra cosa es que las patrulleras no les dispararan sin preguntar al ver pabellón europeo, cuando seguía sin haber acuerdo comercial y pesquero en aquellas aguas.

Se cerró el chaleco y se dirigió al puente. En la cabina se estaría mejor.
Casi al momento de entrar y saludar al patrón, el océano cobró una tonalidad peculiar y extraña, entre gris y dorado. No solo la superficie, también el cielo, o mejor dicho, todo cuanto les rodeaba. Parecían estar rodeados de una leve bruma tostada que impedía distinguir con exactitud donde se pasaba del agua al aire. Los horizontes, fuera la dirección adonde se mirase, habían desaparecido, fundiéndose los fondos en los mismos tonos. Sin embargo, a proa, la bruma se hacía más densa, cobrando consistencia de niebla profunda. Eso sí, con destellos cobrizos y sombras ocres que le otorgaban volumen y cuerpo, y la distinguían del resto del panorama.

El Beti Atzera mantenía el rumbo, yendo directos hacia ella.

Se ven cosas extrañas en alta mar —dijo el patrón, con la mirada puesta en la consola y una mano mesurando su barba—, pero algo así no me lo había encontrado jamás.

No jodas —murmuró el radiotelegrafista.

Las miradas convergieron en el puesto de radio, un poco más atrás en la cabina.

¿Qué te pasa, Joseba?

Pues a mi nada, pero no encuentro nada en ninguna frecuencia. Tenía a dos galeses charlando entre ellos y se cortó. Así de repente.

¿Galeses? Esos no se acercan tanto a San Pedro Y Miquelón. Se quedan cerca de su puñetera isla. —el tono demostraba que aún guardaba rencor a los británicos, por los enfrentamientos que mantuvieron durante años tras salir de la Unión Europea. —Estaremos fuera del alcance de la radio.

Eso pensé, pero es que no encuentro a nadie. En todas las frecuencias, incluso donde suelen estar los canadienses, silencio. Bueno, peor que eso.

¿Peor?¿Peor que qué? —preguntó Félix con cara de preocupación.

Joseba soltó con brusquedad los cascos y dijo —Peor que el ruido de fondo de radio, porque no se escucha nada de nada. Como si estuviera apagada pero la radio está perfectamente.

En ese momento todo comenzó a vibrar. Cada cual se lanzó a la ventana, portilla u ojo de buey que le pillara más cercana a mirar el exterior. Todos pensaron que chocaban con algo. No vieron nada. Todo continuaba igual, los colores, el paisaje difuminado, solo la niebla densa empezaba a envolver la proa del bacaladero.

Entonces se fijaron, casi todos al mismo tiempo, en que la superficie del mar estaba rizándose con multitud de crestitas y sus correspondientes senos. Entre el color amarillo mortecino del agua y la luz, la vibración producida por el impacto de miles de olas minúsculas y la espuma que estas producían a todo alrededor del casco, el barco parecía una croqueta minúscula friéndose en una sartén infinita.

Las vibraciones alcanzaron de repente una intensidad tan alta que las tazas, prismáticos, la funda con las gafas
del patrón, los lápices y bolígrafos con la carta náutica y el transportador de ángulos y todos los objetos sueltos que estuvieran sobre consolas, mesas, estanterías o mal colgados en perchas empezaron a caer al suelo y rodar por las cubiertas. La tripulación sintió como todas las rodillas flojeaban, los estómagos se alzaban con una sensación de vacío que oprimía los pulmones y fueron los siguientes en caer, mientras todo se oscurecía mientras la niebla acababa por envolver el buque en toda su eslora.

* * *

Debió ser la potencia de aquella sirena antiniebla la que despertó a Félix. Sintió la fría humedad que impregnaba su cuerpo. Entonces se dio cuenta de que flotaba en medio de la bruma, esta vez del color habitual. El chaleco anaranjado le mantenía con la cabeza fuera del agua y mirando al cielo, en el que un redondel plateado se intuía a través del aire saturado de vapor de agua.

La sirena, pensó. El barco debía estar cerca. Aunque le pareció que por muy próximo que estuviera a él, aquella sirena sonaba con una potencia excesiva, brutal. Como de una embarcación bastante mayor. Quizás no fuera la del Beti Atzera. Quizás fuera una patrullera canadiense, o algún buque factoría japonés con los que se cruzaban a veces.

Volvió a sentirla y no solo oírla. El sonido, aparte de sobresaltarlo, hacía vibrar sus entrañas y sus huesos. Parecía llegarle desde su izquierda. Con las manos doloridas y entumecidas por las heladas aguas, palmeo para girar hacia el lado desde donde llegaba el sonido de aquella poderosa bocina.

Permaneció escuchando. Tras el bocinazo solo había silencio. Pero poco a poco, le pareció distinguir algo. Un sonido apagado pero rítmico. Pensó que podría ser el motor de lo que se acercaba, fuera lo que fuera.

Bapa, bum, bum…

El rítmico golpeteo se iba acercando, ganando volumen y claridad.

Bapa, Bum, BUM…

De repente, se aterrorizó.

BAPA, bum, BUM…

Aquel navío se acercaba en rumbo de colisión con Félix...

BAPA, BUM, ¡BUM!…

...la niebla y el tamaño del supuesto barco les haría imposible avistar a una persona en mitad del océano...

¡BAPA!, ¡BUM!, ¡BUM!…

...y por mucho que gritara o utilizara el silbato, aquel motor sonaba con tantísima fuerza que no oirían sus avisos…

¡BAPA!, ¡BUUM!, ¡BUUUM!

Una proa enorme y afilada, de color negro se dibujó de entre las sombras, y siguió creciendo a medida que se aproximaba. Félix había comenzado a nadar antes, en cuanto se dio cuenta de que iba a ser arrollado por el buque que llegaba. Sin mirar hacía atrás y con la dificultad añadida de que el chaleco dificultaba bastante el nado, braceó con todas sus fuerzas para intentar apartarse de de la trayectoria. El agua comenzó a bambolearlo en un vaivén que le hizo parecer una gran corchuela. Aquel barco debía tener un desplazamiento enorme, pues sin duda, esas eran las ondas que en su avance, provocaba por delante de su proa.

Era inútil luchar. Sabía que en aquel momento solo podrían pasar dos cosas. O el barco le pasaría por encima y acabaría golpeado y rebotando bajo su quilla, quizás para terminar destrozado por las hélices, o esas ondas de proa lo apartaban del rumbo, evitando lo anterior. Se dejó en manos del destino, no sin antes girarse para mirarlo cara a cara. Si iba a morir, quería saber qué nave iba a matarlo.

La mole metálica no estaba donde había pensado. Era mucho mayor de lo que imaginaba, y el golpeteo del motor, a ras del agua, resultaba ensordecedor. Por un lado se alegró enormemente. Había sido expulsado y veía como la proa negra se alejaba por su derecha. La perspectiva era impresionante, a medida que la línea roja de la obra viva se dibujaba ondulada por la estela se alargaba. La altura era desproporcionada para cualquier buque de los que había visto, incluso para un petrolero. Eso pensaba que sería, por el color negro. Pero los petroleros no tenían apenas portillas, mientras que este estaba literalmente ametrallado con ojos de buey por toda su banda, marcando la existencia de varias cubiertas en su interior.

Temió que cuando se acercara a la popa, las hélices lo absorbieran. De Guatemala a guatepeor, pensó.

Pero no sucedió. Tan solo contempló como la estructura se iba alejando, dejando tras de sí un olor a carbonilla. Miró hacía arriba y vio como una nube negra y alargada iba formándose sobre la estela que dejaba a su paso.

El frío le desapareció del cuerpo cuando vio el pabellón británico en el mástil de popa. Lo que acabó por descomponerle la razón fue el brillo dorado de una letras que fulguraban en la neblina, como las casi infinitas explosiones nucleares que se producen en el interior de las estrellas.

Allí, ante sus ojos, con letras de oro sobre un fondo negro sideral, dos palabras que no debieran figurar juntas desde hacía mucho. Las más pequeñas indicaban el puerto de matriculación, Liverpool. Y sobre estas, un simple nombre con caracteres de mayor tamaño y que la superstición naval prohibía pronunciarse a bordo de cualquier artefacto flotante digno de llamarse embarcación.

Era imposible, al menos si no le seguía un dos en números romanos. Porque entonces sí, podría ser la réplica que botaron en 2025. Pero no. Allí solo ponía una palabra, Titanic. El buque condenado por la arrogancia humana.

Se sintió desfallecer. Debía de estar alucinando por el frío, el miedo o la muerte ondulante en la que flotaba indefenso. La niebla se fue oscureciendo, porque lo que se nublaba era su consciencia que acabó por abandonarle en pocos minutos, mientras continuaba con la mirada fija en aquella imagen del Titanic, desdibujándose en la distancia.

Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el rostro de la muerte. Tenía temibles colmillos bajo largos bigotes y unos ojos negros y vidriosos fijos en los que se reflejaban su propio rostro con una mueca de espanto.

Permaneció paralizado, contemplando esa cara que sin embargo, también le recordaba en cierto modo al perro que tuvo en su infancia. Había algo de cachorro en el rostro de la muerte que no conseguía comprender.

Le llegaron voces extrañas, palabras desconocidas escupidas en una vocalización casi alienígena. Una zarpa acolchada se le posó en un hombro. Pensó que la muerte llevaba manoplas de horno. La mano le hizo girar y entonces vio otra cara de ojos rasgados, muy humana, eso sí.

Le hablaba en una lengua desconocida, repitiendo una palabra mientra le señalaba con la manopla.

Anoriinnaq, anoriinnaq.

* * *
Treinta y dos años después, el 1 de noviembre de 1944, ante el inukshuk que marcaba el lugar de enterramiento, la anciana Natuk le cantó a su hijo la historia de su padre, de cómo llegó del futuro flotando por el mar y por eso le llamaron el anoriinnaq, el escalador del viento. Le explicó como se había traído de su mundo aquella costumbre de recordar a los fallecidos en ese día, le mostró aquel extraño y viejo ropaje anaranjado con el que le habían encontrado. Félix Pisuk le recordó como el buen padre al que debía su nombre y colocó una piedra más sobre su tumba.

FIN


Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en octubre debía escribir un relato con el objetivo 11; narra la aventura de alguien que viaja en el tiempo, y los objetos ocultos 25; una explosión nuclear y 27; el Titanic.

Estadísticas según https://www.contadordepalabras.com/
2018 Palabras
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sábado, 28 de septiembre de 2019

S∞M


El fuego se apaga a medida que el combustible se consume.

Momentos antes, las espigas de cereal se mecían con la brisa.

Ahora es un campo yermo que humea calcinado.

El aire se calma.

Ha huido a casi seiscientos kilómetros por hora para luego recogerse en dirección opuesta, a la mitad de esa velocidad.

El polvo se aposenta, se dispersa el humo.

La luz brilló durante cinco segundos eternos, como el flash de una cámara con la potencia del mismo Sol.

Débiles sombras recortadas sobre una gran piedra son lo único que queda de la fotografía que pudo ser.

Como si quedara algún límite que traspasar, parte de un vallado ha resistido abandonado en un mundo de silencio.

En el oxidado alambre de espino hay enganchada una pluma que no volverá a volar.

Grabada en uno de los resecos postes, la silueta de un corazón rodea unos simples trazos.


S∞M

* * *
Este microrrelato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en septiembre debía escribir un micro con el objetivo 6; que no aparezcan seres vivos, y el objeto oculto 15; una pluma.

Está enlazado al relato Futuro, escrito en abril por la compañera de reto Neswina. Para su mejor comprensión debierais leerlo, antes o después.


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domingo, 22 de septiembre de 2019

Huellas del futuro




Me protege con su cuerpo, las manos sobre su pecho guardando la faltriquera bajo su ropa. Corre sin mirar atrás. Sabe que si lo hace morirá. Y con ella, yo.

No puede perder tiempo calculando si lleva ventaja suficiente o el margen disminuye de modo fatídico.

Por detrás solo nos persiguen las nubes amenazantes sobre las que cabalga una tormenta que brama, aún lejana. Pero también la jauría de asesinos que aúllan para darse fuerzas e infundir pánico en su presa. No los oye, pero eso no quiere decir que sigan lejos. El murmullo insistente de los truenos, aún llegando mermado por la lejanía y amortiguado por los árboles, puede que camufle sus gritos en el aire del atardecer.

La noche viene de frente. Las sombras se alargan ante nosotros, desvaneciéndose un poco más a cada instante, perdiendo fuerza como si estuvieran tan cansadas de correr y huir como ella.

De repente, un fogonazo aviva esas sombras muertas y alumbra por un instante el camino que resta por delante. Ve la colina cercana y a la vez casi inalcanzable, a juzgar por el dolor que penetra en sus pulmones agotados con cada bocanada de aire que devora al compás de cada zancada.

El relámpago se apaga y la oscuridad parece haberla adelantado. Todo se vuelve opaco y solo con la última imagen grabada en sus retinas, superpuesta en negativo sobre la penumbra que la acaba por rodear, consigue trazar el recorrido que la lleva a la cima. Tropieza con rocas, piedras, ramas y raíces, se frena arañándose con arbustos y trota insegura, como la evanescente imagen por la que se guía.

Y la alcanza el estampido del trueno al mismo tiempo que corona por instinto la colina. Más allá solo hay negrura.

El tremor se va apagando y es sustituido por el rumor de salvajes gargantas, indignas de adjudicarlas a nada parecido a personas. La están alcanzando.

Se agarra con fuerza entre los pechos. Apretándome contra su cuerpo sudoroso y exhausto. Balanceándome con la agitación de una respiración al límite de su capacidad. Noto esa humedad, siento su calor.

Se lleva una mano a la cintura y agarra la daga de cristal de sílex. El terror impide que se de cuenta del corte en los dedos al agarrarla.

A su alrededor, los alaridos salen de la noche recién llegada. No puede ver nada ya, solo intuir las formas de los arbustos que dejó pocos metros más abajo. Vuelve a aferrarse a su propio pecho, con la daga en la mano ensangrentada que mancha y penetra entre los dobleces del cuero que me acuna. Siento el sabor de esa sangre, la vida que palpita en ella.

Otro relámpago y el contraluz es aterrador.

Le da tiempo a contar al menos cinco figuras recortadas contra el fulgor de la tormenta. El miedo se intensifica cuando se da cuenta de que ya no los oye. El silencio le indica que la están rodeando y que son muchos más.

Blande la daga, apuntando al vacío nocturno trufado de amenazas.

¡Ha acabado! —grita una voz profunda y entrecortada. Ellos también deben estar agotados. —¡Devuélvenosla!¡Es nuestra!

Durante un instante, la tormenta guarda silencio y el viento cae hasta desaparecer. La noche respira fatigada con decenas de pulmones repartidos a su alrededor. Y aunque sea una vana ilusión, sentirlos la hace pensar que aún vive.

¡Estás muerta! —atruena la sentencia seguida por un par de relámpagos en ráfaga. Y casi a la vez, el cielo se resquebraja sobre la colina, con un doble crujido apabullante y ensordecedor. La lluvia, repentina, diluye toda esperanza de huida.

¡No os pertenece! —grita, más que por coraje o ira, para oírse ella misma sobre el estruendo de la tormenta desatada sobre sus cabezas. El resplandor parpadea insistentemente, dando una iluminación dubitativa pero suficiente para verlos estrechando el círculo a su alrededor, avanzando entre rocas que parecen colocadas de un modo extraño y antinatural. Todos portan lanzas de asta o puñales de hueso. Quien menos armado va, lleva piedras en sus manos.

Sus rostros son fieros. Mientras ella retrocede, dando pasos atrás sin dejar de apuntar a uno u otro con la daga lavada ya de su sangre por la lluvia, que la arrastra mezclada con regueros de barro por las lomas de la colina, esos rostros transforman su expresión.

Da un paso más, tanteando el terreno para no meter el pie en una madriguera de alguna alimaña o tropezar con cualquier otro desnivel. Al retroceder, es su espalda la que topa con algo que la frena. Se sobresalta pensando que uno de ellos la ha asaltado por detrás y se revuelve con violencia, lanzando una puñalada ciega sin discernir a quién o a qué.

Ahora su rostro debe reflejar una expresión similar a la que tenían los asesinos un momento antes.

Mezcla de asombro y veneración, mira sorprendida como la daga ha quedado clavada en la corteza suave y oscura de un árbol.

No… No puede ser… —balbucea incrédula mientras eleva la mirada y trastabillea tomando cierta distancia para contemplarlo en toda su magnitud. Tendrá unos tres metros de fuste abriéndose en multitud de ramas en todas direcciones. Y en el tronco de más de un metro de ancho, su puñal brilla reflejando la energía de los cielos, tanto en su estructura cristalina como en la savia que chorrea lenta y densa, como la sangre de un gran herbívoro alcanzado por las lanzas de los cazadores.

Se recupera de la sorpresa sumiéndose en otro temor. Deja atrás el que le infundían sus perseguidores. Ahora su preocupación es la herida que involuntariamente le ha infringido al árbol. Un árbol que ya no debería existir sobre la tierra.

Un árbol que era sagrado para su pueblo que incluso les proporcionaba frutos en la carestía. Alimento durante las épocas de abundancia de caza, pues con su madera fabricaban las mejores armas. Sombra y refugio. Señalaba su hogar y desde la altura de sus ramas, otorgaba una visión global de su territorio. Y su resina elevaba el alma de los chamanes durante el sueño con los antepasados, quienes guiaban la vida en el poblado.

Ese árbol ya no existía. Los invasores lo habían destruido. Devastaron todo cuanto encontraron en su ataque. Masacraron a su pueblo, matando de niños a ancianos. Quemaron las cabañas, los huertos, el árbol sagrado.

Ese árbol ya no existía. Este árbol no debería estar aquí.

Nunca habían hallado otro ejemplar más que el que cubría su poblado, mucho más grande y viejo que este, herido ahora por su mano.

¿Cuánto tiempo había estado huyendo? Muchísimo para poder contar los días. Había visto cambiar de luna varias veces. ¿Cuanta distancia habían recorrido ella y sus perseguidores?

El árbol de su pueblo, la milenaria alzabuj, que solo daba unas pocas semillas cada muchos años, había muerto.

Ella, heredera del chamán era la custodia de la última semilla viable. La única esperanza de que una generosa alzabuj volviera a crecer sobre la tierra.

Por eso la persiguen ellos.

Quieren apropiarse de la herencia. Someter a la futura alzabuj a los intereses de su pueblo maldito, avasallador con toda forma de vida.

Aquel pueblo había desarrollado métodos para cultivar huertos enormes. Forzaban las plantas a dar mucho más fruto del que naturalmente podían producir. Tenían animales cautivos y en vez de cazar los que pudieran según la época, los forzaban a multiplicarse y crecer en terrenos condenados a ser su cárcel. Cuando querían carne solo necesitaban sacrificar a cuantos quisieran.

A partir de la última semilla, podrían conseguir esclavizar a la nueva alzabuj. Quizás le forzaran a dar más frutos de los posibles y acabaría como las especies que ya cultivaban, produciendo en exceso por unos años para morir, aún joven y agotada.

Incluso puede que consiguieran obtener más semillas fértiles.

Sería terrible.

Repartirlas por el mundo colonizando nuevos territorios, todos sometidos bajo la expansión de ese maldito pueblo. Sería el fin del mundo, exprimido, parasitado, consumido.

Y ahora ella ha clavado la daga en la corteza que nunca se debe tocar, salvo con los instrumentos adecuados y solo por la mano del chamán más experimentado. La última alzabuj viva sangra.

Al calor de su cuerpo, la humedad de su sudor, el sabor y la vitalidad de su sangre, ahora se une una sensación nueva. La de su culpa. La siento embargando todo mi ser, aún oculto en la bolsa, bajo su ropa, entre sus pechos.

Se funde en un abrazo con el tronco, con los pies enterrados casi como raíces mientras sus lágrimas se funden con la lluvia que baña su rostro desencajado, desaguándose a un terreno mancillado por el barro brillante y resbaladizo. Otros agresivos pies resbalan hacía ella todo lo rápido que la muerte logra avanzar en medio de la tormenta.

Entonces todo se inunda de luz. Blanca, penetrante, cegadoramente dolorosa. Insoportable y fustigadora como el estruendo seco y pesado de un látigo inmenso que ha alcanzado la colina en ese instante.

El rayo ha caído justo sobre el árbol que estalla lanzando llamaradas hacia todas direcciones. Una nube surge de inmediato y se eleva girando sobre sí misma.

Todos mueren, despedazados y arrojados sus pedazos sobre las lomas, estrellados sobre las rocas que nos rodean. Si el instante que separa la vida de la muerte durara lo suficiente, habrían podido ver que aquellas piedras formaban círculos concéntricos cuyo núcleo irradiador era el milenario alzabuj. Que cada roca lucía grabada una marca.

La potencia de la explosión ha sido tal, que bajo cada piedra los muertos se han sacudido en sus tumbas.

Un cementerio. El lugar es el último vestigio de un pueblo que también vivió y honró a su árbol. En este territorio vivieron gentes similares a mi custodia. Antepasados suyos que florecieron gracias al alzabug que ahora ha muerto.

Mi custodia se ha fundido con el tocón de mi ancestro y entre ellos, la faltriquera donde mi salvadora me portaba, ha quedado aprisionada junto con el aroma de su fracaso, con la humedad de su sudor y el agua de lluvia atrapada y empapándome, con su sangre cautiva y bañándome, encapsulado todo por la savia cristalizada sobre la daga.

El último alzabuj ha muerto, pero yo, la última semilla de la estirpe solo duermo, latente, encerrada dentro de una burbuja de un mundo y un tiempo que acaba.

* * *

Fascinante. —El exobiólogo limpia con cuidado aquella piedra terrosa que brilló cuando la paleta rozó su superficie.

Ya te dije que no podía serlo. No en este terreno. —confirma la geóloga. Estaba examinando una roca, de la muchas que habían llamado su atención y que parecían formar círculos bajo los sedimentos, cuando su compañero le pidió que se acercara a ver lo que pensó que podría ser una geoda.

En seis meses de excavaciones, todo apuntaba que este planeta estaba muerto. — señala por el intercomunicador la comandante desde el orbitador.

Y lo está. Desde al menos hace 7000 años, si su geología funciona como la terrestre. —La emoción de la geóloga es patente en su voz radiada—. 7000 años hasta esta capa de fósiles. Aquí acabó todo.

Bueno, quizá no.

Si el exobiólogo quería captar la atención de toda la misión con aquellas palabras, lo ha conseguido.

Alza la mano, tratando de decidir al contraluz de cuál de los dos soles se verá mejor.

Esto parece una especie de vitrificación. Algo parecido al ámbar. —La forma redondeada, ahora limpia, brilla a la luz en un tono rojizo. Parece un rubí pulido que llenaría el hueco formado por dos manos. —¿Ven eso? Algo quedó atrapado. El escáner preliminar indica que en el interior hay lo que podría ser una semilla vegetal del tamaño de una nuez.

¿Estás insinuando…?

Bueno, las estructuras internas están intactas. Si ha actuado como una cápsula del tiempo… —la frase queda sin acabar. Ni él ni ella se atreven a expresarlo.

Podríamos germinarla. —es la comandante la que la completa con un tono de asombro.

Ambos miran hacia el cielo, como buscando la mirada de su jefa más allá de la atmósfera, desde donde contempla un nuevo mundo que la humanidad podrá ocupar.

* FIN *



Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en septiembre debía escribir un relato con el objetivo 9; un cementerio como escenario, y los objetos ocultos 32; árbol sagrado y 1; espada o daga de cristal.

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sábado, 31 de agosto de 2019

Debe ser amor


Después de todo, es lo más parecido al querer a lo que se puede aspirar desde que todo se fue a la mierda.

Al principio pensé que iba a ser su presa, como lo fue mi familia de aquella caótica banda.

Yo huí, los dejé atrás.

Entonces él me encontró, me escondió y me salvó de ellos.

Aún recuerdo como me sujetaba y me aprisionaba la boca para que aquella niña asustada que era, no gritara mientras ellos pasaban de largo.

Con el tiempo pensé que me tenía de mascota; cuidaba de mí, yo le daba compañía. Y me conformaba.

No sé muy bien cómo pasó. Nunca me había dado muestras de afecto, pero cultivó algún tipo de relación.

Crecí y cuando la primera sangre llegó, las miradas de deseo también.

Al principio, me resistí.

No valió de nada.

Luego, dadas las circunstancias… Irremediable.

Necesario quizás.

Ahora llevo a su hijo en mi vientre.

Eso debe significar algo.

Me da las mejores raciones.

Siempre dice que debo alimentar a dos.

Y su mirada es distinta.

Como cuando caza y asa un pollo.

Debe ser amor.



* * *

Este microrrelato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en agosto debía escribir un microrrelato con el objetivo 23; que tratara sobre un embarazo fuera de lo corriente o sobre algo poco conocido del mismo, protagonizado por la madre, no por el bebé, y con objetos ocultos 12; mascota.

Por motivos personales, cambié el objetivo por el del relato, pues no puedo enfrentarme este año a escribir sobre un embarazo. Veía difícil hacer cualquier cosa con este objetivo. Lo único que se me ocurría era esto, cambiar ese objetivo para un micro. Al menos debería escribir menos y por tanto pensar. Aunque dudaba que finalmente pudiera escribir nada. Pero, llegó Brayan  con su relato El rescate, y me dio una oportunidad única. Espero no degradar demasiado la esencia de dicho relato, que tenéis que leer, porque es muy bueno.

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Oraciones 21

Ojos que miran al cielo

De Felipe González de Haedo - Per above, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2083559


A Hawaikiti le encantaba aquella época del año. No solo por la ceremonia del primer huevo, que además de servir para elegir al nuevo rey, congregaba a todos los clanes en el mismo lugar de la isla por única vez en el año, propiciando el encuentro entre los adolescentes que acababan de abandonar la niñez y los jóvenes que ya la abandonaron el año anterior. Era un tiempo de descubrimientos, citas furtivas y aventuras fundamentales. El tiempo del cambio. Cuando acabara la ceremonia, la isla tendría un nuevo rey, su clan ostentaría el rango de clase alta y los jóvenes del mismo, podrían elegir a sus parejas entre los otros.

Un año más, todo cambiaría en el ombligo del mundo, para seguir igual en la isla de Te pito te henua.

Los vientos alisios traían la humedad recogida durante miles de millas a la redonda. Al chocar con la elevación súbita de aquellas islas, surgía la bruma baja que a medida que ascendía hasta la cumbre del cráter principal, se transformaba en nubes densas y grises que se colocarían a modo de etéreo pero contundente sombrero. Pero ahora, la aurora estaba deshaciendo aquellas nubes que habían coronado durante la noche al volcán, alumbrando de dorado el verdor exuberante de las laderas.

A veces, colapsaban por el propio peso de tanta humedad oceánica y descargaban una lluvia pesada y breve, que alimentaba el lago que ocupaba el interior del cráter volcánico y formaba regueros de agua terrosa desde los bordes hacia los llanos y las costas.

No era extraño que algunos de los espontáneos arroyos cortaran en algún momento alguno de los caminos de tierra que, trazados cuando las primeras piedras que caminaron en tiempos anteriores a la llegada del pueblo rapanui, ahora se aprovechaban como carreteras para comunicar todos los rincones en la isla.

Así de inestable se mostraba la nueva primavera mientras llegaba, anunciándose en el vuelo de los Manutara, que comenzaban a establecerse en los motus del suroeste. Y al igual que las aves se concentraban en aquellos islotes, los clanes también se agrupaban ya en la bahía de Hanga roa.

Los isleños esperaban con impaciencia a que los sacerdotes novicios, encargados de escudriñar los motus desde el borde del Rano kao desde hacía tres semanas, señalaran el momento oportuno. El tercer aviso, cuando sonara, actuaría como si a cada lugareño le clavaran una jeringuilla cargada de adrenalina. Las gargantas se desharían en gritos y alaridos de júbilo. Las piernas patearían desbocadas la ladera del volcán para rodearlo y encaramarse en las terrazas naturales desde donde observar el mar.

Aquel mar donde el destino de los hombres-pájaro, y con ellos el de la isla entera, se jugaría a vida o muerte.

Quedaba poco, pues ya se habían observado hacía diez días que los sobrevuelos al Motu Kao Kao eran infructuosos, pues era siempre el primero en completar la población nidificante al ser el más pequeño de los tres. Cuatro días más tarde, dieron el segundo aviso haciendo sonar el coro de caracolas, señalando que en el Motu Iti ya no cabían más nidos y las aves continuaban asentándose en el Motu Nui, la colonia principal en el islote sagrado.

Pronto llegaría el momento de los hopu manu, los aspirantes a hombres-pájaro.

Hawaikiti no estaría entre ellos. El patrocinado de su clan sería otro, pues en la selección previa, el ariki lo había rápidamente catalogado entre los descartados como «enclenque y sin valor». Los descartados, aún respetando rigurosamente la decisión de su jefe tribal, acatándola en silencio y sin expresión alguna, solían avergonzarse y sin dejar que las lágrimas y la tristeza se reflejaran en su rostro, aguantaban con un estoicismo apabullante la desdicha de ser eso, un mero descarte.

Hawaikiti tampoco reflejó nada, salvo un leve destello en sus ojos que sus padres, presentes como los demás en la selección, interpretaron con tristeza y orgullo como el intento de aguantar las lágrimas del pundonor.

En realidad, era la lucha interna para aguantar la sonrisa. Si no fuera contra el tapu, hubiera soltado un inmensa carcajada, en parte porque aquellas tradiciones demostrativas de heroísmo, virilidad y testosterona se la traían al pairo. Sobre todo, sería una risa de felicidad.

Felicidad que se había iniciado días antes cuando, escondida junto a la señora del ahu Vinapu, un moai femenino derribado, había encontrado una tablilla que imitaba los caracteres rongo rongo de la verdadera tabla fundacional del ahu Nau Nau, en el extremo norte de la isla. Ese sería el lugar de su definitiva cita, la playa de Nau Nau.

Cuando se conocieron hacía unas semanas, Hawaikiti y Afuhoki, ambos habían visto algo especial en el otro. Una mirada furtiva que hace deslizar la del otro hacia la hierba. Una sonrisa tímida que es contestada por otra temeraria. Un cruzarse en el camino, porque sus caminos siempre terminan por confluir. Y las palabras.

Palabras dichas y escuchadas en atardeceres solitarios. Primero como oraciones que flotaban en los mutuos anhelos, en la soledad de cada choza. Después, como preguntas que buscaban confirmar las propias intuiciones y respuestas que afianzaban la igualdad de pareceres. La soledad no era ya tanta, cuando dos sombras se recortaban frente al sol de Poniente. Ahora era intimidad, plácida y tranquila. El sosiego y la paz de dos iguales que se encuentran.

Arriba, en el cónclave de Orongo, los sacerdotes recitaban una y otra vez la sucesión de reyes que gobernaron la isla tras la llegada desde las ancestrales tierras hundidas de Hiva. También imploraban al dios Make Make que intercediera por ariki más digno de ser nombrado sucesor del linaje real como tangata hoa manu, el rey de todos los clanes durante el año siguiente. Para ello, la suerte, la habilidad o incluso el favor del dios debía acompañar al hopu manu que representara a ese futuro rey, para regresar sano y salvo, él y el huevo de manutara.

No era nada fácil. Trescientos metros de alocada bajada por la ladera rocosa para alcanzar cuanto antes el mar, nadar casi kilómetro y medio para trepar al Motu Nui, coger un huevo bajo el bombardeo de heces de una colonia entera de aves marinas que intentarían atacar a los ojos del humano. Y una vez conseguido, tras gritar el nombre de su ariki, regresar con el huevo intacto hasta Orongo, deshaciendo todo el camino y volviendo a enfrentarse a los mismos riesgos. No todos regresarían. Puede que ninguno, y nada cambiaría. El tangata hoa manu actual continuaría un año más.

Toda la ceremonia y competición les llevaría un buen rato por mucho que corrieran. Justo lo que necesitaban Hawaikiti y Afuhoki para encontrarse, pues cada uno por un camino distinto, aprovecharían para encontrarse en el norte de la isla. La tablilla dejada por Afuhoki quería decir que en aquella pequeña playa rodeada de palmeras y toromiros, había dejado preparada una barca de totora. En ella tenían planeado huir, lanzarse a la mar de aguas eternas, con la esperanza de que, al igual que en un tiempo remoto el primer ariki, Hotu Matua, trajo a su pueblo huyendo del hundimiento de la vieja tierra de Hiva, ellos alcanzarían una nueva tierra en algún lugar.

Un lugar donde las cosas fueran diferentes y ellos, un orejas largas y un orejas cortas, pudieran tratarse de igual a igual. Y amarse deshaciendo el tapu que les hacía presos en aquel pedazo de roca, bajo la impertérrita y temible mirada de los moais.

Hawaitiki llegó corriendo, veloz como un pez que huye de los tiburones. Descendió la pequeña cuesta que de roca y hierba pasaba a arena coralina y pequeñas conchas. Paró un segundo para buscar a lo largo de la orilla. Y allí estaba, la barca de totora flotando como en un sueño. Reemprendió la carrera. Podía ya ver que alguien esperaba de pie sobre ella, mirando al mar.

—¡Afu! ¡Afu! Ya llego. ¡Afu!

Pero Afuhoki no se volvió. Continuaba embelesado observando el horizonte.

Hawaikiti llegó a la misma orilla, mojándose los pies primero y adentrándose hasta que el agua cubrió sus muslos. Agarró las fibras de totora del estabilizador de estribor y miró a cubierta.

—Afu ¿qué pasa? ¿Algo va mal? – preguntó con cierto temor.

Afuhoki se volvió a mirarle con un semblante extraño, serio. Con un gesto decaído, señaló hacia un punto en el mar y dijo: —Ahora sí. Todo va a cambiar.

Ambos miraron en la dirección señalada. Tres enormes y extraños barcos, con tantas velas blancas como las hojas del toromiro, se acercaban.


»Diario de a bordo de la fragata Tienhoven del 5 de abril del año 1722, domingo de Pascua.
Tras casi dos meses de navegación, avistamos una isla a 3 cuartas a babor. Lo hemos comunicado al almirante Roggeveen que ha dado orden de aproximarnos en busca de provisiones. Oramos para que los nativos que hubiere, se muestren temerosos de Dios y no ofendan al altísimo ni a nuestros ojos.

* * * 

Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé (y con un intercambio de objetivos entre relato y micro por cuestiones personales), en agosto debía escribir un relato con el objetivo 20; una cita que resulte ser un desastre, y los objetos ocultos 3; jeringuilla y 36; estátua de piedra.

Estadísticas según https://www.contadordepalabras.com/
1483 Palabras
8723 Caracteres (con espacios)
7267 Caracteres (sin espacios)
Párrafos 30
Oraciones 83


domingo, 28 de julio de 2019

Un viernes como otro cualquiera



Luís miraba con desgana el grupo de mensajería de sus amiges.

Todes se estaban preparando para la noche, soltando burradas a cada cual más explicita mientras exponían sus preferencias. Unes describían con pelos y señales la virilidades del portero de un pub, otres señalaban el voluptuoso busto de cierta camarera de otro garito.

A él le aburría tanto alardeo sexual. ¿Es qué nadie podía pensar en simplemente salir a charlar entre copa y copa, escuchando buena música? Otra noche más, aguantándoles y esquivando insinuaciones de unos y otras.

Entonces llegó el mensaje que parecía cambiarlo todo.

El 112 Inverso alertaba escuetamente: «Virus peligroso liberado por accidente. Permanezcan en sus domicilios y sellen cualquier ventilación incluidas puertas y ventanas. Ayuda médica en camino.» Del susto, el terminal se le cayó de las manos.

Por fortuna aún funcionaba al recogerlo, pero multitud de grietas con forma de telaraña cubrían una gran parte de la pantalla.

 * * *

Este microrrelato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto.

En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé, en julio debía escribir un micro con el objetivo 8; que sea distópico o apocalíptico (pre, post o durante el apocalipsis), y de objeto oculto el 13; un mensaje vía whatsapp, SMS... (el 112 Inverso aún no se ha implantado en la UE y no sabemos aún sí será vía SMS o por mensajería de red). Enlaza con el relato de abril de Marve, La última constante. Lo entenderéis todo mejor si lo leéis, claro.

Estadísticas según https://www.contadordepalabras.com/


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