sábado, 31 de agosto de 2019

Ojos que miran al cielo

De Felipe González de Haedo - Per above, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2083559


A Hawaikiti le encantaba aquella época del año. No solo por la ceremonia del primer huevo, que además de servir para elegir al nuevo rey, congregaba a todos los clanes en el mismo lugar de la isla por única vez en el año, propiciando el encuentro entre los adolescentes que acababan de abandonar la niñez y los jóvenes que ya la abandonaron el año anterior. Era un tiempo de descubrimientos, citas furtivas y aventuras fundamentales. El tiempo del cambio. Cuando acabara la ceremonia, la isla tendría un nuevo rey, su clan ostentaría el rango de clase alta y los jóvenes del mismo, podrían elegir a sus parejas entre los otros.

Un año más, todo cambiaría en el ombligo del mundo, para seguir igual en la isla de Te pito te henua.

Los vientos alisios traían la humedad recogida durante miles de millas a la redonda. Al chocar con la elevación súbita de aquellas islas, surgía la bruma baja que a medida que ascendía hasta la cumbre del cráter principal, se transformaba en nubes densas y grises que se colocarían a modo de etéreo pero contundente sombrero. Pero ahora, la aurora estaba deshaciendo aquellas nubes que habían coronado durante la noche al volcán, alumbrando de dorado el verdor exuberante de las laderas.

A veces, colapsaban por el propio peso de tanta humedad oceánica y descargaban una lluvia pesada y breve, que alimentaba el lago que ocupaba el interior del cráter volcánico y formaba regueros de agua terrosa desde los bordes hacia los llanos y las costas.

No era extraño que algunos de los espontáneos arroyos cortaran en algún momento alguno de los caminos de tierra que, trazados cuando las primeras piedras que caminaron en tiempos anteriores a la llegada del pueblo rapanui, ahora se aprovechaban como carreteras para comunicar todos los rincones en la isla.

Así de inestable se mostraba la nueva primavera mientras llegaba, anunciándose en el vuelo de los Manutara, que comenzaban a establecerse en los motus del suroeste. Y al igual que las aves se concentraban en aquellos islotes, los clanes también se agrupaban ya en la bahía de Hanga roa.

Los isleños esperaban con impaciencia a que los sacerdotes novicios, encargados de escudriñar los motus desde el borde del Rano kao desde hacía tres semanas, señalaran el momento oportuno. El tercer aviso, cuando sonara, actuaría como si a cada lugareño le clavaran una jeringuilla cargada de adrenalina. Las gargantas se desharían en gritos y alaridos de júbilo. Las piernas patearían desbocadas la ladera del volcán para rodearlo y encaramarse en las terrazas naturales desde donde observar el mar.

Aquel mar donde el destino de los hombres-pájaro, y con ellos el de la isla entera, se jugaría a vida o muerte.

Quedaba poco, pues ya se habían observado hacía diez días que los sobrevuelos al Motu Kao Kao eran infructuosos, pues era siempre el primero en completar la población nidificante al ser el más pequeño de los tres. Cuatro días más tarde, dieron el segundo aviso haciendo sonar el coro de caracolas, señalando que en el Motu Iti ya no cabían más nidos y las aves continuaban asentándose en el Motu Nui, la colonia principal en el islote sagrado.

Pronto llegaría el momento de los hopu manu, los aspirantes a hombres-pájaro.

Hawaikiti no estaría entre ellos. El patrocinado de su clan sería otro, pues en la selección previa, el ariki lo había rápidamente catalogado entre los descartados como «enclenque y sin valor». Los descartados, aún respetando rigurosamente la decisión de su jefe tribal, acatándola en silencio y sin expresión alguna, solían avergonzarse y sin dejar que las lágrimas y la tristeza se reflejaran en su rostro, aguantaban con un estoicismo apabullante la desdicha de ser eso, un mero descarte.

Hawaikiti tampoco reflejó nada, salvo un leve destello en sus ojos que sus padres, presentes como los demás en la selección, interpretaron con tristeza y orgullo como el intento de aguantar las lágrimas del pundonor.

En realidad, era la lucha interna para aguantar la sonrisa. Si no fuera contra el tapu, hubiera soltado un inmensa carcajada, en parte porque aquellas tradiciones demostrativas de heroísmo, virilidad y testosterona se la traían al pairo. Sobre todo, sería una risa de felicidad.

Felicidad que se había iniciado días antes cuando, escondida junto a la señora del ahu Vinapu, un moai femenino derribado, había encontrado una tablilla que imitaba los caracteres rongo rongo de la verdadera tabla fundacional del ahu Nau Nau, en el extremo norte de la isla. Ese sería el lugar de su definitiva cita, la playa de Nau Nau.

Cuando se conocieron hacía unas semanas, Hawaikiti y Afuhoki, ambos habían visto algo especial en el otro. Una mirada furtiva que hace deslizar la del otro hacia la hierba. Una sonrisa tímida que es contestada por otra temeraria. Un cruzarse en el camino, porque sus caminos siempre terminan por confluir. Y las palabras.

Palabras dichas y escuchadas en atardeceres solitarios. Primero como oraciones que flotaban en los mutuos anhelos, en la soledad de cada choza. Después, como preguntas que buscaban confirmar las propias intuiciones y respuestas que afianzaban la igualdad de pareceres. La soledad no era ya tanta, cuando dos sombras se recortaban frente al sol de Poniente. Ahora era intimidad, plácida y tranquila. El sosiego y la paz de dos iguales que se encuentran.

Arriba, en el cónclave de Orongo, los sacerdotes recitaban una y otra vez la sucesión de reyes que gobernaron la isla tras la llegada desde las ancestrales tierras hundidas de Hiva. También imploraban al dios Make Make que intercediera por ariki más digno de ser nombrado sucesor del linaje real como tangata hoa manu, el rey de todos los clanes durante el año siguiente. Para ello, la suerte, la habilidad o incluso el favor del dios debía acompañar al hopu manu que representara a ese futuro rey, para regresar sano y salvo, él y el huevo de manutara.

No era nada fácil. Trescientos metros de alocada bajada por la ladera rocosa para alcanzar cuanto antes el mar, nadar casi kilómetro y medio para trepar al Motu Nui, coger un huevo bajo el bombardeo de heces de una colonia entera de aves marinas que intentarían atacar a los ojos del humano. Y una vez conseguido, tras gritar el nombre de su ariki, regresar con el huevo intacto hasta Orongo, deshaciendo todo el camino y volviendo a enfrentarse a los mismos riesgos. No todos regresarían. Puede que ninguno, y nada cambiaría. El tangata hoa manu actual continuaría un año más.

Toda la ceremonia y competición les llevaría un buen rato por mucho que corrieran. Justo lo que necesitaban Hawaikiti y Afuhoki para encontrarse, pues cada uno por un camino distinto, aprovecharían para encontrarse en el norte de la isla. La tablilla dejada por Afuhoki quería decir que en aquella pequeña playa rodeada de palmeras y toromiros, había dejado preparada una barca de totora. En ella tenían planeado huir, lanzarse a la mar de aguas eternas, con la esperanza de que, al igual que en un tiempo remoto el primer ariki, Hotu Matua, trajo a su pueblo huyendo del hundimiento de la vieja tierra de Hiva, ellos alcanzarían una nueva tierra en algún lugar.

Un lugar donde las cosas fueran diferentes y ellos, un orejas largas y un orejas cortas, pudieran tratarse de igual a igual. Y amarse deshaciendo el tapu que les hacía presos en aquel pedazo de roca, bajo la impertérrita y temible mirada de los moais.

Hawaitiki llegó corriendo, veloz como un pez que huye de los tiburones. Descendió la pequeña cuesta que de roca y hierba pasaba a arena coralina y pequeñas conchas. Paró un segundo para buscar a lo largo de la orilla. Y allí estaba, la barca de totora flotando como en un sueño. Reemprendió la carrera. Podía ya ver que alguien esperaba de pie sobre ella, mirando al mar.

—¡Afu! ¡Afu! Ya llego. ¡Afu!

Pero Afuhoki no se volvió. Continuaba embelesado observando el horizonte.

Hawaikiti llegó a la misma orilla, mojándose los pies primero y adentrándose hasta que el agua cubrió sus muslos. Agarró las fibras de totora del estabilizador de estribor y miró a cubierta.

—Afu ¿qué pasa? ¿Algo va mal? – preguntó con cierto temor.

Afuhoki se volvió a mirarle con un semblante extraño, serio. Con un gesto decaído, señaló hacia un punto en el mar y dijo: —Ahora sí. Todo va a cambiar.

Ambos miraron en la dirección señalada. Tres enormes y extraños barcos, con tantas velas blancas como las hojas del toromiro, se acercaban.


»Diario de a bordo de la fragata Tienhoven del 5 de abril del año 1722, domingo de Pascua.
Tras casi dos meses de navegación, avistamos una isla a 3 cuartas a babor. Lo hemos comunicado al almirante Roggeveen que ha dado orden de aproximarnos en busca de provisiones. Oramos para que los nativos que hubiere, se muestren temerosos de Dios y no ofendan al altísimo ni a nuestros ojos.

* * * 

Este relato participa en el #OrigiReto2019, el reto de escritura creado por Stiby (ver blog) y Katty (ver blog). En sus respectivos blogs podéis ver las normas del reto. En este caso, en el sorteo de objetivos y objetos que realicé (y con un intercambio de objetivos entre relato y micro por cuestiones personales), en agosto debía escribir un relato con el objetivo 20; una cita que resulte ser un desastre, y los objetos ocultos 3; jeringuilla y 36; estátua de piedra.

Estadísticas según https://www.contadordepalabras.com/
1483 Palabras
8723 Caracteres (con espacios)
7267 Caracteres (sin espacios)
Párrafos 30
Oraciones 83


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